Ella no es inocente. Es dulce, cariñosa y comprensiva, pero en absoluto inocente.
Se casó enamorada, y virgen - su madre le había advertido hasta el cansancio: si te dejas desvirgar pierdes valor y te quedarás soltera - pero además hizo lo que se llamaría una buena boda teniendo en cuenta su entorno, e inició su nueva vida como dueña de casa (nada de alquileres) y liberada para siempre de trabajar en la fábrica. A los veinticinco años había logrado su objetivo en la vida, quién como ella.
Durante los cincuenta años que dura su matrimonio hasta hoy, para evitar conflictos se ha ejercitado en el arte del disimulo y de la mentira con una eficacia admirable, y lo mismo da que se trate de cuestiones económicas, familiares o sexuales, porque controla cualquier situación inventando el argumento más adecuado a sus intereses: la comida está cara (para las sisas), mi madre está enferma (para salir una tarde sin él), se me ha caído de las manos (para deshacerse de la horrenda figura de terracota que la suegra trajo de Salamanca), y, en fin, cuando su santo esposo demanda el uso de matrimonio - la expresión no es mía, sino de la Iglesia Católica - alterna el me duele la cabeza con los ay, qué gusto y qué bien que él ha aceptado siempre con la fe estúpida del macho prepotente e ignorante, y sólo si hay un cielo y un infierno tendrá que explicarle allí que el sexo jamás la ha interesado y desconoce lo que es un orgasmo.
Cuando tiene un capricho y su marido no quiere comprárselo (más a menudo de lo que sería aceptable para cualquiera), saca dinero del escondite y se lo da a alguno de los chicos para que haga la compra y se presente en casa con el regalo.
Tranquilidad total en un hogar perfectamente estructurado.
(En mi opinión es la más inteligente, adaptada e integrada de la familia: encontró lo que quería y paga el precio sin más quejas que las confidencias que deposita en su hermana menor).
Son la pareja perfecta.
Se casó enamorada, y virgen - su madre le había advertido hasta el cansancio: si te dejas desvirgar pierdes valor y te quedarás soltera - pero además hizo lo que se llamaría una buena boda teniendo en cuenta su entorno, e inició su nueva vida como dueña de casa (nada de alquileres) y liberada para siempre de trabajar en la fábrica. A los veinticinco años había logrado su objetivo en la vida, quién como ella.
Durante los cincuenta años que dura su matrimonio hasta hoy, para evitar conflictos se ha ejercitado en el arte del disimulo y de la mentira con una eficacia admirable, y lo mismo da que se trate de cuestiones económicas, familiares o sexuales, porque controla cualquier situación inventando el argumento más adecuado a sus intereses: la comida está cara (para las sisas), mi madre está enferma (para salir una tarde sin él), se me ha caído de las manos (para deshacerse de la horrenda figura de terracota que la suegra trajo de Salamanca), y, en fin, cuando su santo esposo demanda el uso de matrimonio - la expresión no es mía, sino de la Iglesia Católica - alterna el me duele la cabeza con los ay, qué gusto y qué bien que él ha aceptado siempre con la fe estúpida del macho prepotente e ignorante, y sólo si hay un cielo y un infierno tendrá que explicarle allí que el sexo jamás la ha interesado y desconoce lo que es un orgasmo.
Cuando tiene un capricho y su marido no quiere comprárselo (más a menudo de lo que sería aceptable para cualquiera), saca dinero del escondite y se lo da a alguno de los chicos para que haga la compra y se presente en casa con el regalo.
Tranquilidad total en un hogar perfectamente estructurado.
(En mi opinión es la más inteligente, adaptada e integrada de la familia: encontró lo que quería y paga el precio sin más quejas que las confidencias que deposita en su hermana menor).
Son la pareja perfecta.