jueves, 31 de julio de 2008

EXAMEN (DE CONCIENCIA)

SUPUESTO A:

Irene tiene quince años. Su padre intenta abusar de ella sexualmente; ella se lo cuenta a su madre y ésta se va con la niña, denuncia el caso, consigue una orden de alejamiento y pide el divorcio (por este orden).

SUPUESTO B:

Elena también ha cumplido los quince, y tiene que afrontar la misma situación, pero no se atreve a hablar con nadie y el mamonazo del padre consigue su propósito.

SUPUESTO C:

Mariví, quinceañera igualmente, acude a su madre cuando se ve acosada por su querido papá, pero no consigue ser creída; la niña se escapa de casa y no vuelve a aparecer.

A partir de los planteamientos anteriores, responda razonadamente:

1.- ¿Una educación adecuada hubiera servido para que, en los supuestos B y C , el progenitor se hubiera ido al campo a follar puercoespines antes de tocarles un pelo a sus respectivas hijas?

2.- ¿Debería pagarle la Seguridad Social unas gafas a la madre del supuesto C?

3.- ¿Cree usted que en nuestra amada España estas cosas no pasan, faltaría plus?

martes, 22 de julio de 2008

DESAHOGOS

Odio a mi nueva vecina.

Tiene la costumbre de discutir a voz en grito con su hija - cuando está con ella, porque vive con el padre: imposible no enterarse - por cualquier cosa y a cualquier hora, insultos incluidos. Ha comprado en primavera un montón de plantas que luego ha descuidado hasta que en las jardineras sólo quedan unas hojitas chamuscadas. Pone a todo volumen la banda sonora de la última película cursi que ha visto. Se queja de sus desgracias asomada a la terraza mientras habla por teléfono y, ahora, se ha comprado una webcam: le ha dado por el sexo en Internet.

Nada que objetar a los modos y maneras de resolver sus necesidades, salvo que me da la paliza a la una o las dos de la mañana, y no es plan: yo trabajo, no vivo de la pensión que me pasa mi ex.

Al principio pensaba que le daban ataques de histeria (¡Ah, ah! ¡hi, hiiiiiiiiii!, ¡Ay, ay!), pero con los días llegué a entender que no era posible, porque la cosa comenzaba con risitas ahogadas, alguna frase susurrante, intervalos de silencio en los que casi me dormía, más risitas menos ahogadas con nuevo sobresalto por mi parte y traca final con jadeos, suspiros y quejiditos que he terminado por interpretar como un orgasmo que aún no he decidido si es verdadero o falso. No hay interlocutor audible. Media hora en total.

Una preciosa media hora de sueño que me roba, la muy zorra.

Si le diera por conectarse a las ocho de la noche, mi alma de portera hubiera exigido pegar la oreja y tomar buena nota del proceso; es la hora, la hora a la que le da por desahogarse, lo que me tiene amargada. La hora y su ignorancia de las normas mínimas de respeto por la vida de los demás.

Hago autocrítica: ¿Doy yo esas voces? ¿Doy esos ridículos gemidos cuando practico el sexo? ¿Comunico a mis vecinos que estoy follando con la misma desfachatez? ¿Es necesario molestar al personal para divertirse?

Mi amigo niega: soy discreta como una gata.

Menos mal.

Aunque las gatas maúllan que es un escándalo cuando están en celo, recuerdo.

Como una gata discreta, rectifica.

(Eché raíces en este piso porque está en pleno Madrid y rodeado de jardines: a estas horas, con todas las ventanas abiertas, sólo se escuchan las voces de los críos jugando o alguien llamando a su perro. Ella no está en casa: esperemos que esta noche vuelva cansada y no encienda el ordenador).

martes, 15 de julio de 2008

DOBLE MORAL

Los empresarios españoles de la construcción, la hostelería y la agricultura llevan años explotando a inmigrantes sin contrato, pagándoles por debajo de los convenios colectivos y negándoles la afiliación a la Seguridad Social, y el Gobierno haciendo como que no se enteraba, aunque nada era más fácil: bastaba con aumentar el número de inspectores de trabajo y ordenarles que se dieran una vueltecita por determinadas empresas.

Hubiera sido suficiente con pillar a unos cuantos hijos de puta in fraganti, arrearles unas sanciones económicas de las que marcan época y llamar a los medios de comunicación para darles el listado de los sinvergüenzas; aunque, no: hacía falta mano de obra barata para que el país se enriqueciera; mejor mirar para otro lado.

En pocos meses ni un puto empresario se hubiera atrevido a dar trabajo a un inmigrante sin los correspondientes permisos, y el boca a boca hubiera hecho el resto porque, seamos claros: la gente viene porque hay perspectivas de ganar dinero, legal o ilegalmente - que para quien no tiene futuro eso son zarandajas - y si nadie les va a ofrecer faena para qué arriesgarse.

Así que, ahora que la crisis está arrojando al paro a los que sí tienen contrato, y es necesario encontrar dónde colocarles porque si no habrá que pagarles el subsidio de desempleo, nos acordamos de Santa Bárbara...

¿Solución?

Echar a los sin papeles. Eso sí: cazándolos uno a uno, como a conejos, y sin tocar a las empresas que han defraudado a Hacienda, a la Seguridad Social y a toda la ciudadanía. Negociar con los respectivos países para que los acepten. Contarnos la milonga de que el retorno voluntario de los que tenían sus cosas en regla va a ser la panacea. Jurarnos que no van a permitir que uno más de los que vienen en pateras se quedará.

Y los auténticos ladrones, de rositas con sus ganancias.

martes, 8 de julio de 2008

AUTOCOMPASIÓN (debe ser el calor)

Me agota ser siempre la única que descarga el hacha sobre los comentarios machistas que cada día me toca escuchar en la oficina.

Me molesta darme cuenta de que muchos amigos (y amigas, que es peor) consideran que a mí no me hacen efecto las críticas.

Me enfurece que los conocidos piensen que las circunstancias negativas de la vida no me corroen en la misma medida que a ellos.

Me duele que el personal considere que conmigo pueden ser egoístas, arbitrarios, contarme sus miserias, olvidarse de mi cumpleaños, no devolverme los libros que les presto, trasladarme sus problemas, pedirme consejo, hablar y no escuchar...

Me sorprende que me juzguen inmune a las penas.

Me enrabieta que esperen de mí lo que ellos se sienten incapaces de dar y no dan, por supuesto. Soy autónoma por decisión irrevocable pero, caramba, ¿a quién no le gusta que, de vez en cuando, le echen una mano sin necesidad de pedir el favor?

Piensan que no soy vulnerable porque no soy quejica. Creen que soy optimista porque la vida me ha sido favorable, cuando mi filosofía es que el pesimismo devalúa nuestro futuro y nos cierra posibilidades, y actúo en consecuencia.

Me juzgan dura: confunden - será por la rima - dureza con fortaleza, e identifican el llanto con el dolor (aquí no encuentro justificación), y no distinguen entre dulzura y ñoñería, vaya usted a saber por qué.

Concluyen que soy muy segura porque no suelo dar vueltas a un asunto cuando ya he tomado una decisión (o al menos no doy la lata hablando sobre ello), sin molestarse en evaluar cuánto tiempo he estado sopesando pros y contras.

Mi amigo - a quien no le son aplicables las anteriores consideraciones, aunque no tenga acceso a este blog - está convencido, sin embargo, de que el frigorífico está programado para que el chocolate se produzca por generación espontánea cuando se acaba.

Creo que durante una temporada me dedicaré a atosigar a los demás con mis quejas, mis enfermedades y mis dudas; pondré un puchero cada vez que me lleven la contraria; haré un master en chantaje emocional; manifestaré en voz alta, ante cualquiera que se me ponga por delante, las molestias que me provoca cada piedrecilla en el camino, cada pequeña incidencia negativa, cada contrariedad y cada pequeño fracaso.

Me olvidaré de llamar por teléfono a mis hermanas.

Dejaré sólo para quien se lo merezca la ironía, el humor, la alegría de vivir, la sonrisa al dar los buenos días, la curiosidad por el otro y lo otro, la intransigencia con los tópicos, la independencia; cuando alguien se disponga a contarme por enésima vez sus penas le cortaré para contarle yo las mías y mudaré la piel de mimadora por la de solicitante de mimos, toda fragilidad y sentimentalismo churretoso.

Estoy harta de ser una mujer fuerte.

(Temblad, blogueros: quizá decida comenzar aquí un diario acerca de cómo el paso de los años va haciendo mella en el pedernal).

martes, 1 de julio de 2008

GRACIAS, SIMONE

(Cuando publiqué esta entrada me olvidé de ella; ahora creo que debo dejar constancia de mi deuda para con Simone Ortega.
Va por ella y sus "1.080 recetas de cocina").

ARROZ CON LECHE

Llegarías a Madrid para comer. Ya había hecho la compra y no me apetecía volver a bajar, mejor darte una sorpresa con tu postre favorito.

Se ponen a hervir en una olla seis cucharadas de arroz bomba - no basmati, no integral, sino el que se usa en España normalmente para la paella - con el agua justo para cubrirlo; se deja hervir un minuto y se vierten en la olla 3/4 de litro de leche entera, la cáscara de un limón sin lo blanco y una varilla de canela, removiendo todo bien con una cuchara de madera: lo más importante es que en ningún momento se pegue el arroz al fondo. Se espera a que comience a hervir y se baja el fuego al mínimo.

Hay que vigilar constantemente, me he ido pintando las uñas de los pies en la misma cocina: un pie, y remuevo; otro pie, y vuelvo a remover. Me gusta el esmalte rojo casi berenjena, creo que me lo puedo permitir.

A los veinte minutos -
cuando las uñas estaban secas - de cocción lenta, añado ocho cucharadas de azúcar, y vuelta a remover: no se debe dejar que se forme nata en la superficie y suba.

He ido alternando cocina y baño: crema hidratante, remuevo; máscara de pestañas, y vuelta a darle a la cuchara; Billie Holiday había quedado en silencio y elegí en su lugar a Piazzola; saqué los tomates y el jamón del frigorífico para que la ensalada no estuviera demasiado fría, y remuevo; puse la mesa y vuelvo a vigilar el arroz.

A los cincuenta minutos, más o menos, aquello ha adquirido una consistencia cremosa: es el momento de mayor peligro, no puedo dejar de remover sin parar porque el grano se puede pegar al fondo con mucha facilidad; tengo que decidir si añado más leche o lo dejo tal cual. Esta vez añado un chorrito, lo justo para que me de un buen feeling: debo tener en cuenta que al enfriar, el arroz absorbe más líquido. Apago el fuego, incorporo un par de cucharadas de nata sin montar, y remuevo por última vez. Vierto el postre en una fuente honda y espolvoreo canela en polvo - no demasiada - por encima.

Terminé a las doce y media de la tarde: quedaban (tres horas para que el dulce se enfríe a la temperatura ambiente, jamás en el frigorífico, a no ser que nos sobre algo para el día siguiente) dos horas para verte y algo más para disfrutar de tu expresión de arrobo mientras paladeabas el postre.

Si de algo estaba segura, es de que me lo ibas a agradecer conforme a mi deseo.