domingo, 29 de junio de 2008

A PROPÓSITO DE SHAKESPEARE

El talento es egoísta, alimentado por un autismo específico, cruel, solitario, doloroso, fuerte ante la incomprensión, lúcido y transgresor. Permite dominar el terror a cruzar la frontera de lo que no puede explicarse, la raya entre la sensatez y la locura, realizar el triple salto mortal sin red, escalar el Everest sin oxígeno. No se alcanza con oficio, inteligencia, disciplina, tenacidad, erudición, trabajo, ingenio, imaginación, ganas, perseverancia... El talento está, o no está. Y no sueña: ejecuta.

Todo lo demás puede ser estupendo, gracioso, pertinente, necesario incluso; no obstante, la diferencia entre genio y productividad no es difícil de comprobar: basta un mínimo de sensibilidad para percibirlo.

En mi caso, la carencia de talento se llama miedo: me paraliza el temor a ponerme a la tarea. Alguna vez me he sabido en el umbral, he intuido lo que pudiera encontrar más allá, y no he sido capaz de desligarme de lo que me mantiene anclada al mundo de la normalidad: amo lo que tengo, quiero ser normal en el sentido estadístico de la palabra. He tardado una vida en controlar mis fantasmas y en aprender a relegar mis tragedias personales al último rincón del desván del alma ¿Debería, ante la duda, jugarme todo para escribir en carne viva?

Ser, o no ser. Esa, amigos míos, continúa siendo la eterna cuestión.

sábado, 21 de junio de 2008

CAMBIO DE RUMBO

De pronto, parado ante un semáforo, se dio cuenta de que no podía recordar si iba o volvía de algún lado. Decidió ir a casa pero no le venía a la memoria ni su dirección ni el camino.

Comprobó que tampoco podía mirar en el carné de identidad porque su cartera había desaparecido. Alcanzó a sentarse en un banco.

No sabía adónde quería ir.

Quizá a un hospital.

Paró un taxi.

Le invadió una agradable sensación de ligereza.

jueves, 12 de junio de 2008

VIRGINIDAD

A mí también me gustaría continuar el micro anterior, pero se da la circunstancia de que no tengo ni idea de amores lésbicos. Y no me gustaría morirme sin vivir al menos una experiencia, solo que no se han dado las condiciones.

De entrada, para que me gustara una señora tendría que tener encanto, lo que para mí significa ser culta sin pedantería, llevar su cuerpo con soltura, no alardear de inteligencia pero utilizarla en todo momento, votar a la izquierda de ZP, usar el sentido del humor, no padecer androfobia, asumir sus contradicciones (depilación por láser, maquillaje discreto pero diario, fondo de armario de rebajas de firmas -si se puede- mezclado con pingos de mercadillo) y, por Dios: si ha pasado de los cuarenta y cinco, nada de melenas más abajo de los hombros, ni lisas ni rizadas.

Las tetas me fascinan. Me fascinan los grandes escotes que dejan ver unos hombros redondeados -que no caídos- y un canalillo bien profundo, sin complejos. Me encantan las barriguitas a lo Marilyn, el desgarbo -y más cosas- de Kim Basinger en "Mi novia es una extraterrestre" o la rebeldía de Gilda. No me gustan las Greta Garbo, ni las Nuria Espert, ni las Ana Belén, por supuesto: odio la afectación. En los hombres me gustan los cuerpos grandotes que comunican alegría de vivir y sensualidad; a una mujer quizá le exigiera -además, y no sé por qué- haber superado el trauma de serlo.

En fin: he tenido alguna que otra proposición; sin embargo, una era demasiado dogmática, otra demasiado loca, otras, ay, ni me acuerdo. Con la única que pude haberme lanzado -también hetero, por lo que sé- echó a correr cuando se dio cuenta de lo que le estaba pasando y no paró hasta la consulta del psiquiatra (Me lo hizo saber por correo electrónico)

Así que, en ese sentido, soy virgen, queridos míos.

jueves, 5 de junio de 2008

PROPOSICIÓN

Iris insistió en acompañarla a casa:

- Me queda de camino y no es tan tarde, ¡como sois unas pesadas que no queréis tomaros una copa!

Salían de una cena entre mujeres que ya se había convertido en un rito: una vez al mes se reunían las seis a cotorrear, sobre todo de política y de trabajo. En tiempos habían coincidido en la misma empresa y mantenían una relación amable y divertida. Dos solteras, dos divorciadas, dos casadas. Ni ricas ni pobres, ni guapas ni feas, ni viejas ni jóvenes: mujeres normales con vidas normales.

Cerca de la casa de Carmen, Iris dio un quiebro a la conversación:

- Y, en otro orden de cosas, ¿qué tal te va con Luis?

También Luis era antiguo compañero y, desde tiempo atrás, amante de la interpelada.

- Bien. Ya sabes. Con sus contradicciones. Cualquier día lo mando a la mierda.

- Bueno: pues, cuando te decidas, si te apetece probar conmigo, lo hablamos.

- No creo que me dé por ahí a estas alturas, pero se agradece.

- Si yo tampoco tengo experiencia, hermosa. Pero me va tan mal con los tíos que he pensado que a lo mejor...

- Ya. Te entiendo. Déjame aquí, no vas a dar toda la vuelta a la manzana.

- Vale. Recuerdos a tu marido.

- Besos al tuyo, guapa. Y gracias por traerme.

(Actualización: no sé cómo quitar el himno del R. Madrid. No es cosa mía).