lunes, 11 de julio de 2011
DONDE MENOS SE PIENSA...
Es un apacibilísimo lugar de veraneo, con puerto deportivo, rincones encantadores, viejos deliciosos y niños bien educados.
Perros gruñones, se me olvidaba decir: lo único discordante en un paisaje sociológico deprimente para un temperamento latino. Recuerdo haber tenido esta misma sensación las dos veces que he estado en Suiza, como de una humanidad demasiado encarcelada en su perfección, o en su falsa perfección, debería decir, aún sin negar sus cualidades, que seguramente las tiene.
Pero, por Dios, si en una calle concurrida no oyes una voz más alta que otra, nadie mira a nadie, todo el mundo procura mantener una distancia de respeto con los demás, no hay ningún vecino asomado a la ventana un día de sol... No me extraña que Wallander se sienta solo tan a menudo y tan a menudo caiga en la cuenta de que no se relaciona más que con sus compañeros de trabajo. Pobrecillo.
Sin embargo...
Cuando mi hijo me pase las fotos (no se ha traído el cable y no puede trasladarlas al ordenador) os enseñaré una muestra de la exposición de Gerhard Nordströms en un monasterio franciscano reconvertido en espacio cultural: sólo por disfrutarla hubiera merecido la pena esta excursión.
domingo, 10 de julio de 2011
MALMÖ
Luego iremos a la huerta que tiene la pareja, a recoger habas, calabacines, judías, fresas... El terreno (150m2) lo alquila el ayuntamiento por unos cincuenta euros al año.
Es un turismo un poco raro, lo reconozco, aunque lo cierto es que suelo sacar más en limpio si tengo oportunidad de seguir el ritmo de vida de la gente de cada país que visitando todas las ruinas, monumentos y demás reclamos para viajeros apresurados... De todos modos, siempre te vas sin haber visto todo.
En Suecia uno se descalza cuando entra en casa.
viernes, 8 de julio de 2011
MALDITO AZAR
Os cuento:
Esta mañana íbamos tan tranquilos por la calle y una rejilla que sobresalía del pavimento se interpuso en mi camino. No fue una caída: fue un salto de longitud de dos metros con un mal aterrizaje. codo izquierdo, ay; hombro izquierdo, ay, ay; rodilla derecha, ayayayayay. Yo sentadita en la acera, mi hijo en cuclillas a mi lado con la misma cara que cuando hace casi veinte años me fracturé un tobillo bajando del coche.
- No, no me he roto nada. Creo.
En ese momento, se acerca un señor con cara de pakistaní, que nos pregunta si necesitamos ayuda, y que cuando respondemos amablemente que no, gracias, se presenta como médico. Eso es otra cosa.
Me palpa la rodilla, y muy circunspecto recomienda que vayamos a un hospital. Gracias una vez más, pero cuando se va le digo a mi hijo que no antes de comer (son las dos y media, y no creo que las urgencias polacas sean más eficientes que las españolas). Vamos, pues, hacia donde teníamos pensado, aprovechando que el golpe está aún caliente y no me duele demasiado al andar.
En el restaurante me da un fluss (lo reconozco, aunque no sé su nombre técnico: sudoración excesiva, sensación de mareo, ganas de vomitar), y pasamos de la terraza al interior para poderme tumbar en uno de los bancos corridos que había entrevisto al llegar. Nos pasan la comida al interior. Me pongo peor. Vomito - afortunadamente sólo el agua que había bebido dos minutos antes - y compruebo aliviada que en el saloncito no había más comensales. La maitre aconseja llamar a urgencias para que me vengan a recoger en una ambulancia. Mi hijo, al menos, ya ha comido.
Viene un SAMUR polaco con tres chavales deliciosos. Me toman la tensión, el pulso, me palpan la rodilla, me la vendan por encima del pantalón, y al hospital.
Alli presento la tarjeta sanitaria europea y el carnet de identidad. Miran el carnet, me lo devuelven y piden EL PASAPORTE con cara de circunstancias, porque, explican, de lo contrario tendré que pagar el servicio.
Mira por donde, también me lo había traído, a pesar de los pesares, aunque me lo había dejado en casa. Mi hijo sale disparado en mitad de una tormenta y con los servicios de radiotaxi bloqueados. Me quedo en un vestíbulo desierto sentada en una silla de ruedas y meditando sobre mi inmediato futuro.
No os canso: el pasaporte inició la mecánica típica de los hospitales.
Nada de fractura, nada de esguince: sólo el golpe, que me dolerá más o menos durante un mes; aconsejaban escayola pero les explicamos que mañana viajamos en avión y prescribieron una rodillera estabilizadora que hoy ya no podíamos agenciarnos (no tenían allí y la tienda de ortopedia ya había cerrado).
Duele, me cuesta andar... A Malmö vamos, no desde luego a Copenhague y Estocolmo queda en el aire, porque mi hijo tiene el carnet de conducir caducado en 2009 y la opción de pasear en coche no es factible.
En los USA me hubiera quedado al menos el consuelo de demandar al Ayuntamiento...
jueves, 7 de julio de 2011
Anoche nos acostamos a las tantas hablando, sobre todo, de política: me enternece que estemos de acuerdo en tantas cosas.
Hoy nos hemos levantado tarde, claro, y mientras él terminaba unos asuntos profesionales yo he fregado los cacharros, he leído un poco, he vagueado... Luego nos hemos ido a la parte vieja, que está de su casa como a una media hora andando, para comer unos pierogi al horno, una especie de empanadillas rellenas con toda suerte de verduritas y carne; él se ha pedido una cerveza, el muy canalla, pero me permitió robarle algún sorbito (no debo). Total: casi tres horas entre comida y café en una terraza ya que la tarde estaba templada.
Aquí los gorriones son descarados, incluidos los polluelos que apenas saben volar y tienen las plumas tiernas. Mucha gente va en bicicleta. Nadie grita. Hay músicos callejeros con toda clase de instrumentos: hasta un pianista - con su herramienta de trabajo, claro, ¿cómo si no iba a saber que se trataba de un pianista? - en mitad de la plaza del Castillo, a quien hemos pillado en un momento de descanso, desafortunadamente.
Los centros comerciales tampoco en Varsovia tienen alma.
Hay unos tranvías preciosos, pero no hemos subido a ninguno porque él tiene la sana costumbre de ir a pie o en bici a todas partes mientras el tiempo lo permita y su madre no ponga reparos. Su madre no pone reparos, encantada de seguirle la corriente, aunque ahora está desfondada y ruega a los dioses que este chico acabe pronto y nos podamos poner a cenar. Tengo más sueño que hambre, así que empiezo a impacientarme.
Le pregunto:
- ¿Cuánto te falta?
Contesta:
- Ya poco, ya poco
Ruego:
- Cuantifica...
Machaca:
- No
Insisto:
- ¿Una hora, dos, tres?
Ataja:
- Menos, menos
Tiro la toalla y sigo escribiendo.
(Está diseñando un logo).
lunes, 19 de octubre de 2009
¡MALDICIÓN!
Esta vez ha sido por culpa de una bronquitis que me ha dejado una tos asesina y una cara de tonta de las que tardaré semanas en desprenderme.
Allí hizo frío. Llovió. Me lo han contado por teléfono mis amigas y lo he visto por Internet. Hoy me harán el relato completo del viaje; lo harán por separado, porque - según me han permitido adivinar algunas de sus insinuaciones - no todo ha debido ser buen rollito y puritita diversión. Como en cualquier periplo colectivo, por otra parte.
Para consolarme, he decidido que cuatro días son pocos, y que la excursión debe completarse con una visita a Pompeya y Herculano. Quizá vaya sola, para darme el gustazo de pasear por los museos vaticanos el tiempo que considere conveniente, romperme la nuca admirando con parsimonia la Capilla Sixtina, tirarme una mañana entera en el Foro, ir a Villa Borghese porque sí o pararme ante la Pietá hasta que me sature de perfección.
El callejeo lo doy por descontado, y confieso que casi prefiero redescubrir la Roma cinematográfica en solitario.
Vamos: que estoy bien jodida, rabiosa, frustrada, cabreada y muerta de envidia, pero no es la primera vez que me siento así, y siempre me las he arreglado para superarlo; supongo que cuando acabe con los antibióticos, el broncodilatador, los analgésicos y la acetilcisteína ya estaré en otra.
Así es la vida, queridos míos.
lunes, 12 de octubre de 2009
POR FIN
Con suerte, ese fin de semana no van a canonizar ni beatificar a ningún español.
No esperéis crónica, a no ser que suceda algo extraordinario. Ni fotografías, porque no voy con mi hijo y supongo que a todo el mundo le pasa lo mismo que a mí: que no puedo soportar que me cuenten lo bien que se lo pasaron, y que para corroborarlo me inunden de documentos gráficos: fulanito ante el monumento "x", fulanita junto al monumento "y", fulanito y fulanita posando con el monumento "z" al fondo... Diez minutos bastan para que cualquiera - si no tiene un talento especial para enfocar su mirada allí donde no llegan los documentales - te explique si le gustó o le impresionó o se aburrió estrepitosamente (bueno: esto último nadie, nunca, lo reconoce, pero ya me entendéis).
Tengo una compañera en la oficina que hace de nuestros desayunos un momento delicioso, a cuenta de sus andanzas por el mundo, pero jamás nos aburre con el álbum de su itinerario. Estoy segura de que la mitad de lo que dice es mentira, o por lo menos exageraciones, pero ¿qué importa? Nos hace reír, desear haber estado allí en aquel momento, imaginar perfectamente cada escena... No todo el mundo tiene madera de cuentacuentos, y ella es la mejor narradora cómica que he conocido en vivo y en directo.
La única manera de obligarme a estar callada es contarme una historia bien contada... O dejarme sola, en cuyo caso escribo de lo que sea.
Como hoy.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Acostumbrada a viajar por mi cuenta, sola o con otros, pero responsable de mí misma, resulta raro y divertido tener un tutor que me organiza la vida - siempre, eso sí, después de tomar cumplida nota de mis apetencias - y me evita todos los inconvenientes que conlleva visitar un país del que no conoces el idioma.
Cierto: también me veo privada del placer de los descubrimientos casuales, el hormigueo de afrontar lo desconocido sin estar segura de las consecuencias... ¡Si hasta me advierte del tiempo que hará al día siguiente!
Estoy en el vigésimo cuarto piso de un edificio frente al Palacio de la Cultura, una mole que levantaron los soviéticos a mayor gloria del ejercito rojo, rodeado de una explanada tremebunda que los peatones salvan gracias a unos subterráneos horribles, que huelen a comida basura y a plástico, como los de algunas estaciones del metro de Madrid. En la planta baja hay un enorme café con un encanto sobrio, estilo años cuarenta, terraza para los - escasos - días de buen tiempo y música moderna, quizá un poco alta para charlar; siempre esta lleno de un público entre bohemio, universitario y pijo/cool.
Hay tranvías.
La ciudad vieja esta totalmente reconstruida.
Varsovia fue arrasada entre unos y otros. Y los varsovianos no lo olvidan.
Los parques son deliciosos.
Se come bien y barato.
jueves, 6 de agosto de 2009
PRIMERA SORPRESA
Recorde la llegada a Santiago de Chile, un paso entre los Andes que me erizo hasta los pelos de la nariz, o el cono perfecto del Chimborazo emergiendo como una isla en el mar de nubes de Quito a Guayaquil.
(Escribo sin acentos ni enyes a causa del teclado extranjero, excusen ustedes, y excusen tambien la cursileria del vuela pluma que no pienso corregir).
VARSOVIA
Lleva mi chico dos años por allí y aún no me había decidido a visitarle: me apetece ir a Argentina y o a Egipto, pero ni es época ni él me lo perdonaría, así que hago de necesidad virtud y a las tres y veinte subo al avión. Sólo sé decir "si", "no" "gracias" y "puta" en polaco, y poco más en inglés, pero me han jurado que entre todos (Manuel, su chica, sus amigos) van a arroparme y hacer que mi visita sea un acontecimiento memorable.
Os contaré a la vuelta.
lunes, 5 de mayo de 2008
EL SÍNDROME DE STENDHAL
El síndrome de Stendhal es una enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a una sobredosis de belleza artística, pinturas y obras maestras del arte.
Tiene esta denominación por el famoso autor francés del siglo XIX Stendhal (seudónimo de Henri-Marie Beyle), quien dio una primera descripción detallada del fenómeno que experimentó en su visita en 1817 a la Basílica de Santa Cruz en Florencia, Italia, y que publicó en su libro Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio.
Aunque ha habido muchos casos de gente que sufría vértigos y desvanecimientos mientras visitaba el arte en Florencia, especialmente en la Galleria degli Uffizi desde el principio del siglo XIX en adelante, no fue descrito como un síndrome hasta 1979, cuando la psiquiatra italiana Graziella Magherini observó y describió más de 100 casos similares entre turistas y visitantes en Florencia, la cuna del Renacimiento, y escribió acerca de él.
El síndrome de Stendhal, más allá de su incidencia clínica como enfermedad psicosomática, se ha convertido en un referente de la reacción romántica ante la acumulación de belleza y la exuberancia del goce artístico.
martes, 29 de abril de 2008
PUENTE DE MAYO
Nunca fui. Estuve cerca, pero no pudo ser.
Mañana, por fin, salgo para allá. Llevo todo: una guía, las entradas para la Galeria dei Uffizi y para la Academia, un manual de italiano para viajeros y un miedo horrible, sobre todo a los turistas como yo, que uniformamos cualquier lugar.
Vuelvo el día cinco (supongo). No creo que os cuente nada, al menos de momento, porque me cuesta mucho trabajo traducir en palabras las cosas que voy viviendo: soy de digestiones lentas.
Sed felices.