Quizá me muera sin ir a Roma.
Esta vez ha sido por culpa de una bronquitis que me ha dejado una tos asesina y una cara de tonta de las que tardaré semanas en desprenderme.
Allí hizo frío. Llovió. Me lo han contado por teléfono mis amigas y lo he visto por Internet. Hoy me harán el relato completo del viaje; lo harán por separado, porque - según me han permitido adivinar algunas de sus insinuaciones - no todo ha debido ser buen rollito y puritita diversión. Como en cualquier periplo colectivo, por otra parte.
Para consolarme, he decidido que cuatro días son pocos, y que la excursión debe completarse con una visita a Pompeya y Herculano. Quizá vaya sola, para darme el gustazo de pasear por los museos vaticanos el tiempo que considere conveniente, romperme la nuca admirando con parsimonia la Capilla Sixtina, tirarme una mañana entera en el Foro, ir a Villa Borghese porque sí o pararme ante la Pietá hasta que me sature de perfección.
El callejeo lo doy por descontado, y confieso que casi prefiero redescubrir la Roma cinematográfica en solitario.
Vamos: que estoy bien jodida, rabiosa, frustrada, cabreada y muerta de envidia, pero no es la primera vez que me siento así, y siempre me las he arreglado para superarlo; supongo que cuando acabe con los antibióticos, el broncodilatador, los analgésicos y la acetilcisteína ya estaré en otra.
Así es la vida, queridos míos.
lunes, 19 de octubre de 2009
lunes, 12 de octubre de 2009
POR FIN
El viernes dieciséis me voy a Roma. Todo europeo ilustrado ha viajado al menos una vez a Roma, menos yo, que conozco Florencia, Venecia, Siena, Pisa y Cerdeña, pero nunca he tenido oportunidad de viajar a la que fue capital del mundo durante siglos, y ahora es - desgraciadamente - capital espiritual para millones de personas.
Con suerte, ese fin de semana no van a canonizar ni beatificar a ningún español.
No esperéis crónica, a no ser que suceda algo extraordinario. Ni fotografías, porque no voy con mi hijo y supongo que a todo el mundo le pasa lo mismo que a mí: que no puedo soportar que me cuenten lo bien que se lo pasaron, y que para corroborarlo me inunden de documentos gráficos: fulanito ante el monumento "x", fulanita junto al monumento "y", fulanito y fulanita posando con el monumento "z" al fondo... Diez minutos bastan para que cualquiera - si no tiene un talento especial para enfocar su mirada allí donde no llegan los documentales - te explique si le gustó o le impresionó o se aburrió estrepitosamente (bueno: esto último nadie, nunca, lo reconoce, pero ya me entendéis).
Tengo una compañera en la oficina que hace de nuestros desayunos un momento delicioso, a cuenta de sus andanzas por el mundo, pero jamás nos aburre con el álbum de su itinerario. Estoy segura de que la mitad de lo que dice es mentira, o por lo menos exageraciones, pero ¿qué importa? Nos hace reír, desear haber estado allí en aquel momento, imaginar perfectamente cada escena... No todo el mundo tiene madera de cuentacuentos, y ella es la mejor narradora cómica que he conocido en vivo y en directo.
La única manera de obligarme a estar callada es contarme una historia bien contada... O dejarme sola, en cuyo caso escribo de lo que sea.
Como hoy.
Con suerte, ese fin de semana no van a canonizar ni beatificar a ningún español.
No esperéis crónica, a no ser que suceda algo extraordinario. Ni fotografías, porque no voy con mi hijo y supongo que a todo el mundo le pasa lo mismo que a mí: que no puedo soportar que me cuenten lo bien que se lo pasaron, y que para corroborarlo me inunden de documentos gráficos: fulanito ante el monumento "x", fulanita junto al monumento "y", fulanito y fulanita posando con el monumento "z" al fondo... Diez minutos bastan para que cualquiera - si no tiene un talento especial para enfocar su mirada allí donde no llegan los documentales - te explique si le gustó o le impresionó o se aburrió estrepitosamente (bueno: esto último nadie, nunca, lo reconoce, pero ya me entendéis).
Tengo una compañera en la oficina que hace de nuestros desayunos un momento delicioso, a cuenta de sus andanzas por el mundo, pero jamás nos aburre con el álbum de su itinerario. Estoy segura de que la mitad de lo que dice es mentira, o por lo menos exageraciones, pero ¿qué importa? Nos hace reír, desear haber estado allí en aquel momento, imaginar perfectamente cada escena... No todo el mundo tiene madera de cuentacuentos, y ella es la mejor narradora cómica que he conocido en vivo y en directo.
La única manera de obligarme a estar callada es contarme una historia bien contada... O dejarme sola, en cuyo caso escribo de lo que sea.
Como hoy.
martes, 6 de octubre de 2009
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