sábado, 24 de noviembre de 2007

CÓMO SON

De seda, cuando viene deslizándose por la espalda y alcanza la pelvis en ondas que acarician lo más profundo de mi coño hasta que se rinde al placer.

De mandarina, cuando me calientas la vulva al sol de tus manos y me crece entre las piernas un hermoso fruto y suelto jugos que bebes golosamente.

De cueva submarina, cuando me hundes en un espacio en el que sólo respiro gozo durante un tiempo indefinido y me dejaría morir antes de volver a la superficie.

De cachorro maleducado, cuando me olvido hasta de ti para trotar montada en tu polla.

De vagabunda, cuando inicio una andadura por tu cuerpo sin otro punto de referencia que la orografía de ese orgasmo.

Locos - los más - cuando ni tú ni yo controlamos su llegada, cuánto tiempo se quedarán, cuándo parecerá que se van para volver, cuándo acabarán, y si se irán despacio y como silbando alguna canción o se desvanecerán rápidamente sin ninguna consideración hacia nosotros.

Los hay insonoros, delirantes, coquetos, fieros, trascendentales, de urgencia, dulces, agotadores...

...Ponle tú el nombre a ése que tenemos juntos.

domingo, 18 de noviembre de 2007

SICALIPSIS

Tengo la suerte de percibir con claridad cuándo estás predispuesto, y digo: lentamente. Tú comprendes y te aplicas a ello.

Entonces entro en un universo en el que sólo habitamos nosotros: tú complaciente y yo complacida; inmóvil yo, alerta a tus manos, tu boca o tu pene, aquello que utilices como instrumento para provocar ese éxtasis corporal que involucra hasta la última célula de mi cabello. Desde fuera, parecería que permanezco indiferente a lo que tu capricho te dicta hacer conmigo, pero tú - y sólo tú, en toda mi vida - has aprendido a interpretar hasta el menor temblor que me sacude, quizá porque has tenido la paciencia, la inteligencia y el deseo. Me abandono, pues, a tu exploración.

Lo buscas tú, lo encuentras tú, me lo otorgas tú. Yo siento, simplemente: caricias en un pezón que me atraviesan la médula, roces en la entrada de la vagina cuyo eco llega hasta las cervicales, besos en cualquier parte que repercuten en mi coño, y ese coño pide más, pero mi boca sólo emite el inevitable sonido gutural de quien quiere pero sabe que si espera alcanzará lo máximo.

De manera ineludible, aun sin determinarme a ir en su búsqueda, termino suplicando - con la voz, con la mirada, con el cuerpo - más rapidez, más intensidad, más... pero te mantienes en el designio de proporcionarme un orgasmo lento, y me aprisionas en ese ritmo, me incitas a permanecer atenta y contenida, me obligas a dejarte hacer durante minutos, hasta que eclosiona ese placer que conducirá inequívocamente a un clímax amplio, poderoso, duradero, exuberante, rico en matices y sabroso como la esencia de diez mil mangos maduros.

Es el goce de mí misma amada por ti.

lunes, 12 de noviembre de 2007

CADENAS

Con los años, nuestro repertorio de caricias va aumentando. Hoy me apetece hablarte de las que tú me haces a mí:

Están las que me regalas con frecuencia, y me moriría si me las hurtaras, como esa manera que tienes de rodear mi clítoris con suaves pasadas de los dedos, lentamente, formando círculos, hasta que casi sollozo de excitación; tu modo de hundir la cara en mi coño para olerlo, gustarlo, comerlo y beberlo; la forma en que me recorres los muslos con la yema de los dedos, o ese modo de acogerme entre tus brazos cuando me estoy corriendo.

Están aquellas que sólo me proporcionas de cuando en cuando, y por eso me excitan doblemente: chuparme los dedos de las manos sin prisa alguna; comerme las nalgas a mordiscos indoloros mezclados con besitos y lametones; girar tu polla dentro de mi coño con un suave baile de tu pelvis, abrazarte a mis caderas y apoyar tu cabeza en mi vientre, usándome de almohada para qué sé yo qué sueños, en fin.

Y, todavía, las que vas descubriendo y me sorprenden: pueden ser una variante de las anteriores (más intensas, más rápidas, más prolongadas...) o bien absolutamente nuevas (el día en que me penetraste atacando mi vagina por detrás; la primera vez que me lamiste la vulva al tiempo que me la probabas también con las manos o, hace bien poco, el bailoteo de tus manos sobre mi coño tapado con las bragas) ...

Juntas forman una red que me mantiene atrapada voluntariamente. Llámalo como quieras.

martes, 6 de noviembre de 2007

MOTIVOS Y FUNDAMENTOS

Lo que más agradece mi ego es cuando te quedas mirándome en silencio durante unos instantes y exclamas: "¡Cómo me gustas!". Siempre recibo esa frase como si fuera la primera vez que la pronuncias y la primera vez que la escucho.

Lo que más me divierte es tu compañía: tu presencia física convierte el mundo en un lugar mucho más interesante del que yo conocía hasta que te descubrí.

Lo que más me emociona es que me abraces temblando en mitad de un polvo y comiences a besarme como si fuera una despedida o nos acabáramos de encontrar después de mucho tiempo: me quedo sin palabras, por eso nunca me da lugar a preguntarte en qué piensas en esos momentos, y te devuelvo esos besos y ese abrazo como si fuera la última cosa que fuera a hacer en este mundo.

Lo que más me excita es verte a ti caliente: tus rasgos devienen algo faunescos, sonríes de un modo específico, te mueves como si estuvieras de caza y la voz te cambia de un modo que no sabría describir, pero que recibo como una llamada directa a mi sexualidad, y no puedo no responder.

Lo que más me hace reír, las chorradas que se te ocurren mientras follamos, y que sueltas a sabiendas de que son gilipolleces que nadie más que tú y yo entendería, impropias de un adulto serio y responsable, políticamente incorrectas muchas veces, y que más vale olvidar una vez pasado el momento.

Me alegras la vida, me despiertas los sentidos, refuerzas mi amor propio, estimulas mi inteligencia... ¿Cómo podría no estar loca por ti, dime?

jueves, 1 de noviembre de 2007

VARIEDADES

Insisto en que hay muchos tipos de deseo, con su correspondiente placer bien diferenciado; insisto porque aunque no me contradices tampoco asientes y te limitas a mirarme divertido, como si estuviera diciendo alguna bobada. Te pondré unos cuantos ejemplos (y ello no quiere decir que no esté dispuesta a ofrecer más información si la demandas).

Uno es el de la caricia que te hago provocada por una postura o una frase o ese rincón de tu cuerpo; me proporciona un placer sensitivo muy semejante al que obtengo cuando voy por un bosque mojado por la lluvia, y puedo pasearme durante un tiempo indefinido a través de tu piel por el puro gozo de sentirla.

Otro el de la caricias que inicio porque sé que te agradan: es el deseo de proporcionarte un goce, y tiene algo en común con el prurito de la buena cocinera, que obtiene su recompensa observando el rostro del comensal y escuchando sus murmullos de aprobación.

Uno más (importantísimo) el que me inoculas cuando me abordas con la seguridad de quien sabe el terreno que pisa: en esos momentos encuentro un oscuro gozo en la pasividad, en el olvido de todo lo que no sea sentir cómo te adueñas de mí.

Puedo añadir el furor sexual que me acomete cuando has estado calentándome la oreja por teléfono, y lo único que pido es un orgasmo en cuanto apareces, un aquí te pillo/aquí te mato, que por rápido y tenue que sea no está nada mal: viene a ser como una trufa de chocolate a media tarde.

Y la apetencia por lo diferente, que surge cuando estamos desnudos y nos aferramos buscando en el otro aquello que no es (un anhelo por demás primitivo, ciego y transgresor que culmina con los orgasmos más salvajes, aunque no necesariamente los mejores).

Y el goce estético, el único goce que viene antes que el deseo: cuánto me gusta verte, seguir tus movimientos con la mirada, admirar tu culo, escuchar tu voz, oírte reír, espiar tus manos, contemplar tu rostro o tu pene o tus muslos...

Y...