sábado, 29 de septiembre de 2007

CELEBRACIÓN

Hasta llegar a ti, no sabía que existieran esos orgasmos veraniegos, tranquilos y ceremoniosos como una procesión del Corpus que recorriera solemnemente mi cuerpo en dirección a esa plaza mayor que es mi coño. Suceden en cualquier época del año, cuando me tomas en tus brazos, sentado en la cama, y acaricias mi pubis con una dedicación minuciosa, besándome tal vez en la boca, pero siempre espiando mi respuesta para acompañarla, dirigirla, provocar que la inminencia del placer me obligue a gemir y a retorcer las caderas, a levantar mi cuerpo hasta esos dedos que juegan ahora a pasear y dar vueltas por los repliegues de mi vulva, sin prisa alguna. Abro los ojos tal vez y me entrego a tu mirada. Siento cómo el clítoris aflora y se agranda buscando un contacto más intenso. Tu piel, tu respiración, la cadencia de tus movimientos, me trasmiten esa oscura sexualidad tuya, terreno fértil en el que florece la mía. Estás ahí, así, conmigo, para mí.

Lentamente, recibo un goce irrespirable, denso como una multitud que desembocara en un cálido recinto giratorio de carne y humedad, absoluto, eterno, una vibración de campanas insonoras que aturde mi conciencia, pero tú estás ahí e inicio un movimiento hacia tus testículos, hacia tu pene, aunque quizá me quede a mitad de camino y simplemente abandone mi mano allí donde me sorprenda el estruendo. Dejo de respirar durante unos instantes porque mi cuerpo no puede atender otra cosa que no sea esa inmensidad carnal que encuentro en mí misma a través de ti, y se consuma un éxtasis vital devenido en una danza interior que se demora, se desvanece a cámara lenta.

Disfruto aún durante un tiempo indefinido, sintiendo cómo la multitud se va dispersando sin prisas en una mañana festiva con olor a flores un poco fermentadas.

martes, 25 de septiembre de 2007

VOYEUREUSE

Abro tus muslos y me acurruco entre ellos, el rostro aplastado contra esos genitales y esa polla húmeda que me provocan: ahora la imagen de mi deseo eres tú masturbándote. Levanto la mirada mientras atrapo tus manos enredadas entre mis axilas y mis pezones para guiarlas hasta ti. Tiemblo.

Inicio un tímido compás: arriba, abajo, no sé cómo lo haces cuando estás solo. Olvida que estoy, acaríciate y deja que contemple. Comienzas a mimarte con la misma morosidad con que viajas por mi geografía, una mano jugueteando con los testículos y la otra amasando suave y firme el miembro terso, tenso, tieso. Mi coño late y pide participar: noto la sangre afluir hacia él. Me hormiguean las ingles, los riñones, los pechos. Calmo mi clítoris con un dedo sabio y juego a seguir tu ritmo, un baile que nadie más conoce.

Percibes mi gesto y aceleras, me avisas, jadeas, respondo, me aprieto contra tu muslo, y antes de que te corras he alcanzado un orgasmo feroz que reverbera en una sensación indecible de intimidad amorosa.

Dentro de unos minutos querrás cava y chocolate, ya lo sé.

sábado, 22 de septiembre de 2007

MIENTRAS FUMO

Si: alguna de esas largas tardes nuestras, cuando deseo tomarme un descanso, enciendo un cigarrillo, alcanzo la taza de té y te observo mirarme a la vez que me acaricias los muslos. Sé lo que piensas, sé qué estás deseando tú.

Entonces me siento perversa y dejo asomar un poco la lengua para que la beses, pero cuando te inclinas hacia mí vuelvo el rostro para exhalar una bocanada de humo hacia la ventana. Aceptas el reto: sabes que me rendiré, aunque, quién sabe.

Aprietas, tocas, mordisqueas, arañas, besas, lames, recorres mi piel de todas las maneras posibles mientras fumando mantengo mi determinación de no dejarme ir. Te hablo (hablar ralentiza la excitación que me produce sentir hacia dónde te diriges). Tú callas, ocupado como estás en servirte de esa boca y esas manos tuyas para deshacerme.

...A veces no me da tiempo a alcanzar el cenicero: cuando llegas a mi coño dejo caer el cigarrillo al suelo, y esa misma mano busca tu polla para acariciarla con la misma suavidad, la misma cadencia, el mismo ritmo con el que tu lengua me proporciona un largo orgasmo explosivo que es a la vez claudicación y victoria.

domingo, 16 de septiembre de 2007

RITMOS

Has entrado en mí mientras estábamos abrazados, tumbados el uno junto al otro, besándonos en la boca, lamiéndonos los labios o las lenguas o sorbiéndonos la saliva, y una de mis piernas se enrosca en tu cuerpo. A veces los espasmos son inmediatos, y alcanzo un orgasmo rápido, duro, tradicional, alegre, brillante, nítido en la subida y en la bajada, con un clímax puntual perfectamente definido que me corta la respiración, me vacía los nervios y en su caída me abandona a ese estado delicuescente en el que todo importa poco salvo la conciencia de estar en tus brazos.

… Pero en ocasiones me urge la necesidad de montarte, y acariciarte los pezones, mirarte, ver tu boca entreabierta en una sonrisa de lúbrica atención. Abro y cierro los ojos, oscilando entre la entrega a mis propias sensaciones o el disfrute que supone verte rendido al placer o mirándome a tu vez. Te doy besos de coño contrayendo los músculos vaginales alrededor de esa polla que hurga en mi interior, de fuera hacia dentro y hacia fuera, o trazando un movimiento envolvente con la pelvis, algo como un merengue que tu cuerpo sólo insinúa, pero que yo te insto a mantener y ampliar.

Y cuando veo tu vientre moverse y siento la punta de tu pene insistir en mi interior, aprieto las rodillas contra tus flancos e inicio una cabalgada gloriosa por un paisaje corporal híbrido de tus caderas y tu mirada y mis muslos y mis brazos, mi columna vertebral, mis hombros, mi cintura, mi mente toda orientada en un solo sentido: justo hacia ese punto interior que crece y se acerca y cuando llego estalla, estallo, se me estalla el alma en unos segundos y me venzo sobre ti, satisfecha y agotada.

domingo, 9 de septiembre de 2007

CONTEMPLACIÓN

Jugueteas con mis pies, tomándolos con tanto cuidado como si acariciaras una porcelana. Comienzas a besuquearlos y lamerlos con una lentitud que casi me exaspera. Muevo los dedos para llamar tu atención sobre ellos, pero pareces ajeno a lo que yo pueda desear: tienes los ojos semicerrados y recorres con morosidad un tobillo, un empeine, un talón, chupeteando o mordisqueando o esas cosas que puedes llegar a hacer con tu boca, tus dientes, tus labios y tu lengua dirigidos a mi placer.

Me gusta verte así, como un adorador que toma entre sus manos el objeto de su culto, y disfruto de la belleza que me presta tu deseo. Pueden pasar minutos en silencio, gozándonos el uno al otro de tan diferente manera. Vuelvo a mover los dedos, y esta vez me respondes: vas tomándolos con tu boca uno por uno, como si no tuvieras prisa por volverme loca, pero esta vez soportaré la demora que me impones, casi no me agitaré, me incorporaré sólo un poco, no te buscaré, no cerraré los ojos: no pienso dejarme ir.

Quiero resistir, engolfada como estoy en ese momento preciso.

domingo, 2 de septiembre de 2007

ALGUNOS DÍAS

Por la tarde, cuando ya se ha puesto el sol pero todavía no ha comenzado el anochecer. La luz se va opacando. En mi dormitorio, en mi cama. Sentados en la posición del escriba, frente a frente durante unos segundos, saboreando de antemano lo que va a suceder, husmeando el uno en el deseo del otro, hasta que me abrazas y me sientas a horcajadas sobre ti. Hay un silencio espeso y húmedo como nuestros besos, lleno de miradas y sonrisas, de roces, de respiraciones lentas y profundas, de los distintos movimientos de una danza en la que jugamos a entrar y salir el uno en el otro con nuestras lenguas, las manos, tu pene: ahora estamos dentro de mí, ahora estamos dentro de ti, ven conmigo, siénteme.

Comienzo a caer por una fina cascada de sensaciones premonitorias: mi estómago, los pezones, el pubis, los muslos, tu espalda, tu cuello liso y caliente, tus labios, tus ojos, mi vulva; encuentro tus nalgas, y me entretengo en ellas saboreando con los dedos su dureza, su densidad, su temperatura. Mientras, has estado llamando la atención de todo mi cuerpo hacia el juego que tu pene se trae con mi vulva, buscando y provocando, arriba, abajo y alrededor, para finalmente deslizarse por mi vagina. Cuando ya estás dentro, me ha excitado tanto el camino que ibas dibujando en el exterior de mi coño que me deshago en un orgasmo dulce y corto, una ráfaga de placer intensísimo que intento atrapar para siempre entre tu cuerpo y el mío, a la altura de las ingles, con un abrazo en el que me dejo el alma.

Se desvanece, inexorablemente, y me deja abierta y feliz entre tus brazos.