Espío por la ventana tu llegada - llevo todo el día fantaseando - pero cuando entras al jardín ya percibo que vienes absorto en algún asunto ajeno a nosotros.
Me besas distraído. Te persigo hasta el dormitorio y, cuando te sientas en la cama para descalzarte, me subo detrás de ti y abrazo tu espalda, con el pubis pegado a tu culo y las piernas abiertas para abarcarte los muslos. Hueles a jornada completa, algo entre cansado e inapetente. Comienzo a acariciarte siguiendo tus brazos mientras te desnudas. Sé que conoces mis intenciones y estás a mitad del puente: puedes volver atrás contándome lo que te preocupa, continuar hacia adelante o tirarte al agua tal cual, pero estas manos pertinaces encuentran por dónde entrar hasta tu polla, atenta ya a estas alturas a los manejos que me traigo: voy sembrando tus hombros de chupetones pedigüeños, aprieto las tetas contra tu espalda y emito gemiditos lastimeros mientras te quitas los pantalones de manera tan hábil que en ningún momento se rompe el contacto entre mis dedos y tu pene.
Permaneces sentado y pasivo, dejándote calentar por mi calentura. Me excita que no me veas la cara, haberte asaltado por detrás con alevosía y percibir cómo vas entrando al trapo sin prisa, sin decir palabra, sin otras señales que un leve movimiento hacia atrás de tu cabeza, unos latidos en eso que palpo codiciosa y empieza a endurecerse, una respiración sólo un poco agitada. Mientras se te despereza el sexo tu cuerpo comienza a acariciarme y me estrecho más contra ti, balanceándome de deseo.
...Suspirando, terminas por volverte para abrazarme y formar conmigo un ovillo lascivo que rodará y rodará cuesta abajo hasta donde yo esperaba.
Luego habrá tiempo de hablar.
viernes, 26 de octubre de 2007
lunes, 22 de octubre de 2007
VÍNCULOS
¿Te acuerdas? Hace ahora - ¡Ya! -cinco años.
Nos trajeron el desayuno a la habitación. Busqué escondite en el baño cuando entró el camarero, porque ni yo debía estar ahí, ni tenía ganas de vestirme, ni una maldita bata que ponerme.
Me senté en aquel sofá modernista, de espaldas al enorme ventanal y abarcando de una ojeada la habitación llena de nosotros. Comencé a dar cuenta de fruta, bollos, tostadas, zumos y café con la misma fruición con que te había disfrutado toda la noche, primero follando y luego contemplando, por primera vez, cómo dormías.
Te sentaste en el suelo, frente a mí; no sé cómo, tu boca se abrió paso entre mis muslos y sin previo aviso fluyó hasta mi centro un orgasmo que se fue aleteando antes de darme cuenta.
Volví en mí preguntándome qué hacía yo - mujer de vida tranquila y sin importancia - en un momento histórico para Venezuela, amaneciendo en la planta décima del Caracas Hilton, la ciudad y tú a mis pies, y con unas sandalias negras de tacón alto por toda indumentaria.
La respuesta era obvia: permitiendo que me sedujeras para seducirte.
Nos trajeron el desayuno a la habitación. Busqué escondite en el baño cuando entró el camarero, porque ni yo debía estar ahí, ni tenía ganas de vestirme, ni una maldita bata que ponerme.
Me senté en aquel sofá modernista, de espaldas al enorme ventanal y abarcando de una ojeada la habitación llena de nosotros. Comencé a dar cuenta de fruta, bollos, tostadas, zumos y café con la misma fruición con que te había disfrutado toda la noche, primero follando y luego contemplando, por primera vez, cómo dormías.
Te sentaste en el suelo, frente a mí; no sé cómo, tu boca se abrió paso entre mis muslos y sin previo aviso fluyó hasta mi centro un orgasmo que se fue aleteando antes de darme cuenta.
Volví en mí preguntándome qué hacía yo - mujer de vida tranquila y sin importancia - en un momento histórico para Venezuela, amaneciendo en la planta décima del Caracas Hilton, la ciudad y tú a mis pies, y con unas sandalias negras de tacón alto por toda indumentaria.
La respuesta era obvia: permitiendo que me sedujeras para seducirte.
jueves, 18 de octubre de 2007
PRÓLOGO
No creas que no conozco algunas de tus estrategias; por ejemplo, cuando estamos tumbados en la cama y yo estoy habladora y tú callas o contestas con monosílabos, comienzas a acariciarme la espalda, la cintura, los muslos - nunca las tetas, en principio - como quien no quiere la cosa, con tanta más suavidad cuanto más charlatana me percibes. Me gusta muchísimo ese modo que tienes de recorrer mi piel, intentando amansar a una fiera imaginaria, aquietando a una gata inexistente, tranquilizando a una inventada yegua nerviosa, sin besarme, a medias escuchando y a medias esperando.
Hago como si tus zalemas no me hicieran efecto, y continúo parloteando aunque yo también inicio alguna caricia por tus rincones calentitos: el cuello, el pecho, quizá el culo suavemente, hasta que comienzo a perder el hilo, aunque no quiero, porque en esta ocasión me apetece excitarme lentamente: el estómago suele dar el primer aviso, y los pechos piden también algo de tu calor, así que me pego un poco más a ti, quizás enrosco mis piernas en las tuyas, o te doy un pico de pasada, entre frase y frase, pero no me callo, no me quiero callar.
A estas alturas puede que ya estés enredando en mis nalgas, y en lugar de asentir o negar respondas con besos: si suspiro, o interrumpo una frase para lamerte el hombro, o me estrecho más aún contra tu cuerpo, y bajo el tono de voz hasta casi susurrar, sabes que has obtenido permiso para avanzar hasta mi coño, que acariciarás casi con pereza, como si no quisieras lo que sé que quieres, bandido, y lo haces de manera que cierro la boca y te abro el resto de mi cuerpo, aunque tú continúes con la misma cadencia hasta que digo una última palabra: más.
Hago como si tus zalemas no me hicieran efecto, y continúo parloteando aunque yo también inicio alguna caricia por tus rincones calentitos: el cuello, el pecho, quizá el culo suavemente, hasta que comienzo a perder el hilo, aunque no quiero, porque en esta ocasión me apetece excitarme lentamente: el estómago suele dar el primer aviso, y los pechos piden también algo de tu calor, así que me pego un poco más a ti, quizás enrosco mis piernas en las tuyas, o te doy un pico de pasada, entre frase y frase, pero no me callo, no me quiero callar.
A estas alturas puede que ya estés enredando en mis nalgas, y en lugar de asentir o negar respondas con besos: si suspiro, o interrumpo una frase para lamerte el hombro, o me estrecho más aún contra tu cuerpo, y bajo el tono de voz hasta casi susurrar, sabes que has obtenido permiso para avanzar hasta mi coño, que acariciarás casi con pereza, como si no quisieras lo que sé que quieres, bandido, y lo haces de manera que cierro la boca y te abro el resto de mi cuerpo, aunque tú continúes con la misma cadencia hasta que digo una última palabra: más.
lunes, 15 de octubre de 2007
INTERIOR NOCHE
Me abandono sobre el sofá nuevo, con la intención inocente de probar si es tan cómodo como me pareció en la tienda. Tú deambulas por la casa; quizá es ya la hora de la cena. Espío tus movimientos de felino satisfecho, las miradas que me diriges cuando notas que cambio de postura. Ven, te insto, y ahora no estoy siendo nada inocente.
Te arrodillas en el suelo, para besarme cómodamente mientras tu mano repta por mis muslos, bajo la falda. Me invade una indolencia de hembra consentidora que percibes en el mismo instante, y tus ademanes se vuelven más firmes: subes hasta donde la humedad de las bragas te confirma lo que ya sabías y allí comienzas a trazar dibujos circulares sin traspasar la tela.
Cierro los ojos para tratar de adivinar con qué movimiento tuyo se corresponde el placer que va acudiendo: una mano oprime la seda contra los labios de mi vulva, mientras que la otra mantiene una lentísima caricia digital, de cine de barrio. El difuso deseo del comienzo se convierte en una turbulenta corriente que tus dedos atraen y encauzan hacia un clítoris apresado sin piedad, y le alcanza una torrentera de placer que arrasa con cualquier otra percepción, cualquier idea, cualquier movimiento que no sea el de mi pelvis llamando y recibiendo, llamando y recibiendo hasta que me quedo inmóvil, ahogada en un orgasmo que termina amansándose como aguas enloquecidas que encuentran su salida al mar.
Te arrodillas en el suelo, para besarme cómodamente mientras tu mano repta por mis muslos, bajo la falda. Me invade una indolencia de hembra consentidora que percibes en el mismo instante, y tus ademanes se vuelven más firmes: subes hasta donde la humedad de las bragas te confirma lo que ya sabías y allí comienzas a trazar dibujos circulares sin traspasar la tela.
Cierro los ojos para tratar de adivinar con qué movimiento tuyo se corresponde el placer que va acudiendo: una mano oprime la seda contra los labios de mi vulva, mientras que la otra mantiene una lentísima caricia digital, de cine de barrio. El difuso deseo del comienzo se convierte en una turbulenta corriente que tus dedos atraen y encauzan hacia un clítoris apresado sin piedad, y le alcanza una torrentera de placer que arrasa con cualquier otra percepción, cualquier idea, cualquier movimiento que no sea el de mi pelvis llamando y recibiendo, llamando y recibiendo hasta que me quedo inmóvil, ahogada en un orgasmo que termina amansándose como aguas enloquecidas que encuentran su salida al mar.
miércoles, 10 de octubre de 2007
RESPUESTA
Me has preguntado cómo ha sido "ese" orgasmo, y entonces sólo he podido hacer el gesto complacido de quien aún está volviendo del otro nivel y balbucear un par de frases deslavazadas.
Ahora te cuento:
Has asaltado mi vulva como si fuera el último coño de la Tierra el día del fin del mundo: ciego de excitación, hundiendo nariz y boca, recorriéndolo con los dedos como si tu memoria táctil y olfativa se hubiera empeñado en aprenderlo de una vez para siempre; ensalivando, succionando, lamiendo con desesperación, frotando con lascivia, manejándolo con astucia, buscando mi respuesta pero recreándote en el camino.
Mi coño iba tomando la forma de un calidoscopio de placeres: la presión en las ingles; la humedad en las proximidades del clítoris, distinta a la que iba sintiendo en la entrada de la vagina; el delicioso hormigueo del pubis bajo tu mano; tu lengua hasta el perineo recorriendo el camino de principio a fin y vuelta al principio durante un tiempo que hubiera querido eterno y...
...Sí: en el centro del dibujo iba tomando entidad aquello que ahora ya buscábamos ambos; me he sumergido a muerte en el juego para alcanzar ese punto brillante que recoge, intensifica y concentra todo goce y en él me he instalado, a él me he abandonado, en él he desaparecido, y he resucitado convertida en un cuerpo colmado y radiante de esplendor vital, ese que tanto te gusta recorrer con la mirada.
Ahora te cuento:
Has asaltado mi vulva como si fuera el último coño de la Tierra el día del fin del mundo: ciego de excitación, hundiendo nariz y boca, recorriéndolo con los dedos como si tu memoria táctil y olfativa se hubiera empeñado en aprenderlo de una vez para siempre; ensalivando, succionando, lamiendo con desesperación, frotando con lascivia, manejándolo con astucia, buscando mi respuesta pero recreándote en el camino.
Mi coño iba tomando la forma de un calidoscopio de placeres: la presión en las ingles; la humedad en las proximidades del clítoris, distinta a la que iba sintiendo en la entrada de la vagina; el delicioso hormigueo del pubis bajo tu mano; tu lengua hasta el perineo recorriendo el camino de principio a fin y vuelta al principio durante un tiempo que hubiera querido eterno y...
...Sí: en el centro del dibujo iba tomando entidad aquello que ahora ya buscábamos ambos; me he sumergido a muerte en el juego para alcanzar ese punto brillante que recoge, intensifica y concentra todo goce y en él me he instalado, a él me he abandonado, en él he desaparecido, y he resucitado convertida en un cuerpo colmado y radiante de esplendor vital, ese que tanto te gusta recorrer con la mirada.
lunes, 8 de octubre de 2007
CRESCENDO
Sé cómo te deshaces cuando me dedico a morderte blandamente la espalda, y a mí me enloquece. Puedo demorarme minutos y minutos por tu gusto y por el mío, desviándome hacia las axilas o hacia el cuello, guiada por los jadeos que se te escapan, apenas audibles, como si no quisieras que yo alcanzara a percibir cuánto placer te estoy proporcionando.
Tu piel huele a sexo toda ella, y te muerdo con la nariz y con los dedos, te acaricio los muslos con mis pies, recorro tu columna vertebral con la barbilla. Nado por tu cuerpo hacia ese culo anhelante, pero me entretengo saboreando rincones que siempre me parecen nuevos: los omóplatos, o quizá el envés de un codo, o ese delicioso triángulo que marca el final de la espalda y el comienzo de las nalgas; lamo, beso, chupo, mordisqueo: sólo soy ésta que juega con el juguete único y definitivo.
Retraso cuanto me es posible el momento de llegar hasta ese tímido orificio que me muestras alzando la grupa: lo besaré, lo humedeceré con mi saliva, lo acariciaré con dedos ávidos hasta que uno de ellos se introduzca en él como por casualidad, y entonces tú me mostrarás la polla, y el deseo me empujará a cambiar de postura para que puedas introducirla en mi boca.
Ahora tus jadeos son más elocuentes, más desinhibidos, y busco en tu interior esa pequeña glándula que prolongará tu placer hasta que digas basta.
Tu piel huele a sexo toda ella, y te muerdo con la nariz y con los dedos, te acaricio los muslos con mis pies, recorro tu columna vertebral con la barbilla. Nado por tu cuerpo hacia ese culo anhelante, pero me entretengo saboreando rincones que siempre me parecen nuevos: los omóplatos, o quizá el envés de un codo, o ese delicioso triángulo que marca el final de la espalda y el comienzo de las nalgas; lamo, beso, chupo, mordisqueo: sólo soy ésta que juega con el juguete único y definitivo.
Retraso cuanto me es posible el momento de llegar hasta ese tímido orificio que me muestras alzando la grupa: lo besaré, lo humedeceré con mi saliva, lo acariciaré con dedos ávidos hasta que uno de ellos se introduzca en él como por casualidad, y entonces tú me mostrarás la polla, y el deseo me empujará a cambiar de postura para que puedas introducirla en mi boca.
Ahora tus jadeos son más elocuentes, más desinhibidos, y busco en tu interior esa pequeña glándula que prolongará tu placer hasta que digas basta.
jueves, 4 de octubre de 2007
UN INSTANTE
Tenía sed: traigo dos tazas de té frío. Estás desnudo, recostado contra la almohada doblada; tu polla parece algo mohina, presumo que por mi ausencia.
Me siento entre tus piernas, discurriendo el modo de despertar a esa mimada. Sabes que algo maquino cuando, en lugar de dejar la ramita de hierbabuena que estoy chupeteando, abandono la taza en la mesilla de noche y abro tus muslos para instalarme arrodillada entre ellos.
Como si mi mano actuara por su cuenta, comienza a dar pequeñas pasadas vegetales por la indolente, humedeciéndola con la mezcla de té y saliva. Hay un rastro de liturgia en el mutismo que se hace con nosotros cuando el glande comienza a asomar, pidiendo que la caricia llegue hasta él, y en esa punta rosada me entretengo dibujando espirales, festoneando el contorno, coronando la hendidura: toda mi sexualidad bailando en la punta de tu pene.
Tu rostro se transforma por el placer: eres tú, pero con la mirada vuelta hacia dentro, y sólo una débil sonrisa entregada me demuestra cuánto te gusta el juego que me traigo. Parece como si el tiempo no transcurriera porque el silencio atrapa cualquier movimiento de tu cabeza, el juego de mi muñeca, la luz escurridiza del atardecer y nuestra propia respiración en este momento único. No hay nada antes ni después.
Vuelvo a meter la menta en mi boca: la mezcla de perfumes me produce una flojera dulce, picante, ácida y un poquito acre, y me arrastro por tu pecho para besarte en los labios.
Me siento entre tus piernas, discurriendo el modo de despertar a esa mimada. Sabes que algo maquino cuando, en lugar de dejar la ramita de hierbabuena que estoy chupeteando, abandono la taza en la mesilla de noche y abro tus muslos para instalarme arrodillada entre ellos.
Como si mi mano actuara por su cuenta, comienza a dar pequeñas pasadas vegetales por la indolente, humedeciéndola con la mezcla de té y saliva. Hay un rastro de liturgia en el mutismo que se hace con nosotros cuando el glande comienza a asomar, pidiendo que la caricia llegue hasta él, y en esa punta rosada me entretengo dibujando espirales, festoneando el contorno, coronando la hendidura: toda mi sexualidad bailando en la punta de tu pene.
Tu rostro se transforma por el placer: eres tú, pero con la mirada vuelta hacia dentro, y sólo una débil sonrisa entregada me demuestra cuánto te gusta el juego que me traigo. Parece como si el tiempo no transcurriera porque el silencio atrapa cualquier movimiento de tu cabeza, el juego de mi muñeca, la luz escurridiza del atardecer y nuestra propia respiración en este momento único. No hay nada antes ni después.
Vuelvo a meter la menta en mi boca: la mezcla de perfumes me produce una flojera dulce, picante, ácida y un poquito acre, y me arrastro por tu pecho para besarte en los labios.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)