viernes, 13 de noviembre de 2009

Y AHORA...

Ya pasó el día y sigo viva.
Cuando me criaba la gente se moría a las primeras de cambio: tuberculosis, cólico miserere (peritonitis o cáncer de colon, deduzco), fiebres puerperales, difteria, tifus...
Me fui salvando, es obvio. Me he ido salvando a lo tonto, a lo tonto, porque tengo una salud precaria, de esas que se traducen en males menores que dan mucha, mucha lata. Para compensar, tengo un carácter de mil diablos, me río como loca si hay ocasión, hago casi siempre lo que me da la gana (lo cual ha dado lugar a innumerables errores en los que no pienso para no tener que arrepentirme) y traduzco mi frecuente falta de energía física en una placentera indolencia casi catatónica cuando vienen mal dadas.
Con estas prendas, me asombra haber llegado hasta aquí y tener unas ganas tremebundas de saber lo que pasará mañana. Y es que mi pasión -confieso nada contrita- son las historias, la mía por encima de todas, hasta el punto de que, si me jode la idea de que un día habré de morir, es porque no podré enterarme de nada más.
Lo siguiente que me gusta es contar cosas.
Por tanto, a veces reconozco que mi auténtica vocación era ser portera, pero que, por tratarse de un trabajo mal pagado, de poco brillo y en extinción por culpa de la electrónica, me convencí a mí misma de que quería ser escritora.
(¿Qué pasa? Saramago comenzó a escribir a los sesenta, y yo tampoco aspiro al premio Nobel. Además, antes he tenido que hacer muchas cosas que no he podido o no he querido evitar).
La estadística dice que, salvo enfermedad mortal o accidente, me quedan veinte años por lo menos. Toda una vida.

lunes, 2 de noviembre de 2009

OFICIALMENTE VIEJA.

El viernes de la semana que viene cumplo sesenta y cinco años, que en España es la edad legal de jubilación (que no la real: casi todo el mundo se retira antes, porque le echan o porque le prejubilan con una indemnización sustanciosa).

Llevo desde los dieciséis años cotizando; primero, al seguro obligatorio de vejez e invalidez que instauró el dictador, y luego a la Seguridad Social, salvo un par de años que me entretuve en parir y preparar las oposiciones. Me jubilaría con la pensión máxima.

¡Ah!, pero he pedido el reenganche. Motivo: no tengo nada mejor que hacer.

No me veo yo de exposición en concierto, de concierto en película, de película en viaje, de viaje en representación teatral, del teatro al gimnasio, del gimnasio a una conferencia, de feria en feria, de acá para allá, como veo que hacen algunas de mis amigas en cuanto dejan de trabajar.

Yo ya leo, voy a alguna exposición, al cine y al teatro cuando me apetece, viajo de vez en cuando, doy algún curso que otro, pero el ocio como estilo de vida me parece una actividad estresante donde las haya.

Tampoco tengo nietos que cuidar, y estaría por ver que aceptara atenderlos a jornada completa.

No es eso.

Me gustaba la política, y el sindicalismo, pero...

Cuando tenga claro qué quiero hacer con el tiempo que ahora utilizo en ganarme el pan (que me lo gano, ¿eh?), pediré que me licencien.