(No tengo ganas de continuar con este blog.
Es posible que comience otro. O no.
Aunque no estoy dispuesta a renunciar a vosotros; ya veré cómo me las apaño.
Igual se me cura la catatonia: el hecho de estar escribiendo ahora mismo es una señal de que estoy volviendo a mi ser, ¿verdad?)
He pasado este mes entre algunos líos y el Cuaderno dorado, de Doris Lessing.
Ahora mismo sólo puedo recordar cuatro o cinco libros que hayan sido trascendentales para mí, cada uno por diferentes motivos; los cito por orden cronológico: Ha vuelto Mary Poppins (a los doce años), Cien años de soledad (a los veintidós, creo), Ulises (a los veinticuatro), Rayuela (a los veintiseis), El Señor de los Anillos (a los treinta y tantos) y, ahora, éste que os digo.
Podría hacer una lista larguísima de los libros formidables de autores inmortales que he leído, me han aprovechado, o he disfrutado, o me han dejado con la boca abierta de admiración; tengo unos cuantos escritores fetiche, de los que me compro - o compraba, porque algunos ya han muerto - todo lo que publican. Algunos autores me han encandilado durante un tiempo, y luego los he abandonado con la crueldad que permite el hecho de ser una lectora anónima.
En fin: ya que soy una yonqui de la lectura, cuando digo que un libro me ha sacudido el alma quiero que entendáis que fue con independencia de su valor literario (porque, ¡ya hay que tener cuajo para juntar Mary Poppins con Aureliano Buendía!). Creo que se trata de la conjunción de tu momento vital con aquello que cuenta el autor, y eso se da pocas veces.
Afortunadamente para mí, Lessing estaba con su Cuaderno Dorado en el lugar justo para que mis ojos la encontraran.
Suerte la mía.
jueves, 30 de octubre de 2008
miércoles, 1 de octubre de 2008
EL IDIOMA DEL AMOR (O DEL SEXO, NO ESTOY SEGURA).
No me gusta la palabra en español: carece de erotismo. La inglesa groin parece un guiso de ternera con guisantes. La alemana leistenbeuge es demasiado larga.
Quizá la francesa, aine, evoca con cierto parecido la suavidad de esa hendidura tuya, y ya me fastidia caer en el tópico.
Otro día buscaré el idioma adecuado para otras partes de tu cuerpo que me subyugan.
Quizá la francesa, aine, evoca con cierto parecido la suavidad de esa hendidura tuya, y ya me fastidia caer en el tópico.
Otro día buscaré el idioma adecuado para otras partes de tu cuerpo que me subyugan.
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