Aterricé, me llevaron al hotel, salimos a cenar y desde entonces mi hijo no me ha soltado de la mano en cuanto salgo a la calle.
Acostumbrada a viajar por mi cuenta, sola o con otros, pero responsable de mí misma, resulta raro y divertido tener un tutor que me organiza la vida - siempre, eso sí, después de tomar cumplida nota de mis apetencias - y me evita todos los inconvenientes que conlleva visitar un país del que no conoces el idioma.
Cierto: también me veo privada del placer de los descubrimientos casuales, el hormigueo de afrontar lo desconocido sin estar segura de las consecuencias... ¡Si hasta me advierte del tiempo que hará al día siguiente!
Estoy en el vigésimo cuarto piso de un edificio frente al Palacio de la Cultura, una mole que levantaron los soviéticos a mayor gloria del ejercito rojo, rodeado de una explanada tremebunda que los peatones salvan gracias a unos subterráneos horribles, que huelen a comida basura y a plástico, como los de algunas estaciones del metro de Madrid. En la planta baja hay un enorme café con un encanto sobrio, estilo años cuarenta, terraza para los - escasos - días de buen tiempo y música moderna, quizá un poco alta para charlar; siempre esta lleno de un público entre bohemio, universitario y pijo/cool.
Hay tranvías.
La ciudad vieja esta totalmente reconstruida.
Varsovia fue arrasada entre unos y otros. Y los varsovianos no lo olvidan.
Los parques son deliciosos.
Se come bien y barato.
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1 comentario:
oh, oh! ya me gustaría a mí que mi hijo "me recibiera" con todo ese cuidado e interés.
aunque yo no creo que pudiera disfrutarlo nunca, porque mucho antes de que me invitase ya me hubiera presentado allí: ni egipto ni hostias.
es que yo soy la típica madre ladilla
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