miércoles, 5 de septiembre de 2012

PARÁLISIS CIUDADANA

 Quizá la sufrida clase media de mi generación debería hacer autocrítica, y no precisamente por haber vivido por encima de nuestras posibilidades, como nos machacan una y otra vez nuestros egregios representantes políticos y mediáticos de la derecha: hemos pagado nuestros impuestos, como norma general no hemos robado, la mayoría hemos pagado religiosamente nuestras hipotecas, hemos procurado adaptarnos a nuestro presupuesto y hemos ido a votar obedientemente cada cuatro años a quien mejor nos parecía.

Pero... Nos hemos reducido a eso: hemos dejado que el poder decidiera por nosotros, no nos hemos preocupado de todo lo que no estuviera más allá de nuestras narices, no hemos indagado qué se hacía con los tributos que nos han exigido, no nos hemos preguntado si, en un mundo lleno de desigualdades, era ético apoyar una economía de consumo en los países más privilegiados mientras en otros el hambre era - y es - endémica. No hemos querido saber.

Hemos enseñado a nuestros hijos que ganar dinero era lo más importante, que la política cosa de los políticos, que la economía un territorio para especialistas, la cultura cuestión de gustos, la televisión el púlpito de nuestra época, los sistemas Sanitario y Educativo algo que se nos daba por añadidura, y el futuro una versión mejorada del presente, en virtud de una ley no escrita pero implícita en todas nuestras decisiones.

¿Los ricos? Algo inevitable. ¿Los pobres? jugarretas del destino. ¿La corrupción?... Lógica. ¿Los privilegios de ciertas castas? Siempre ha sido así. ¿La Iglesia? Bueno... ¡Con no hacer caso a lo que dicen los curas! ¿Las guerras? Eso ya no puede pasar aquí. ¿El consumismo? Sólo me gasto lo mío, y me lo gasto en lo que me da la gana... ¿Los abusos de poder, la prevaricación, el chalaneo entre los partidos gobernantes?... Yo soy apolítico...

Ahora resulta que nos están quitando lo que tanto nos ha costado conseguir (a veces me da risa escuchar esta frase a según quién), todos los políticos son iguales (pero han votado religiosamente sin leer los programas ni se han preocupado de enterarse acerca de su cumplimiento), y la que nos está cayendo (en boca de personas que sólo les importa lo que les afecta a ellos personalmente, y que de momento se están salvando de la quema).

Es posible que nos viniera bien mirarnos al espejo y preguntarnos ¿qué estoy haciendo yo para que las cosas cambien?, porque la sensación que tengo, si miro a mi alrededor, es que hay una gran mayoría que no se considera concernida, y con ello está remando a favor de la corriente que nos lleva directamente al precipicio.



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