viernes, 24 de agosto de 2012

SERVICIOS SOCIALES: LOS GRANDES OLVIDADOS

Vengo de hacerme un análisis de sangre del Hospital de la Princesa, aquí en Madrid. 8.30 de la mañana, no demasiada gente, y todo bastante ordenado. Una maquinita expende el número de orden, un celador ordena las filas, dos auxiliares etiquetan los volantes y los recipientes de orina, y ocho o diez ATS nos extraen la sangre después de recostarnos en unos sillones-camilla muy cómodos. Un trámite de una media hora en total. Delante de mí, un hombre de unos setenta y cinco años, alto, bien vestido y con aspecto digno, responde dubitativamente a las preguntas de la auxiliar:

- ¿Esta es toda su orina de 24 horas?

- Es que... Se me ha olvidado hacerlo en el frasco un par de veces.

- Pues, no sé; pero me parece que no le va a servir, porque si el médico ha indicado que...

- Verá: este análisis tenía que habérmelo hecho la semana pasada, pero me confundí de fecha.

- Ya; pero si no le va a servir... Espere un momento

(La auxiliar se levanta y entra en una habitación contigua, donde, adivino, clasifican y remiten a laboratorio los fluidos de los pacientes; sale con otra trabajadora, supuestamente con mayor responsabilidad)

-¿Ha orinado usted en el recipiente esta mañana al levantarse?

El hombre duda unos segundos antes de contestar con una voz apagada, de desistimiento:

- No, se me ha olvidado.

La trabajadora le mira, también durante unos segundos, evaluando la capacidad de su interlocutor para comprender lo que va a decirle, y luego le habla despacio, con tranquilidad, sin paternalismo, con respeto:

- Bueno. Pues, ahora vamos a darle otro frasco; se lo lleva usted a casa y lo tiene todo el día a mano; cuando le entren ganas de orinar, lo utiliza, y nos lo trae mañana a la misma hora de hoy. No le va a hacer falta otra cita: viene usted con las etiquetas y se lo dice a ese señor que está ahí fuera vestido de blanco; si puede, que le acompañe alguien; si no, no importa. Y ahora póngase en esa fila para el análisis de sangre.

- ¿Qué fila?

La enfermera rodea el mostrador que la separa de los pacientes, toma del brazo al señor y le pone el primero. Nadie protesta: todos estamos siendo testigos: miradas de entendimiento, de conmiseración, silencio rabioso.

Sigo con la mirada el proceso completo: al finalizar la extracción de sangre, otra auxiliar le acompaña hasta el pasillo; a partir de ahí, es cosa suya encontrar la salida del hospital, el medio de transporte, su casa. Pregunto a la enfermera que me está pinchando: ¿cómo es posible que personas hayan de pasar estos trances sin alguien que les acompañe?

- ¡Uy! - contesta - Y este señor aún se maneja; pero no sabe usted los casos que nos llegan demasiado a menudo...

Me lo puedo imaginar. He trabajado en los Servicios Sociales más de treinta años. Antes éramos un país subdesarrollado, en el que la atención a las personas dependientes recaía sobre las mujeres de la familia y, en ausencia de ésta, sobre el vecindario y los amigos... O se morían, sin más. Ahora estamos en tierra de nadie: tenemos -todavía- un Sistema Sanitario admirable, pero no se considera necesario un asistente personal o un auxiliar de ayuda a domicilio para apoyar a las personas que viven solas y no se valen por sí mismas para realizar tareas más complicadas que hacer la compra, ducharse o vestirse; no se controla si comen lo suficiente, si se toman la medicación, si salen a la calle y se desorientan, si conocen el horario de los bancos...

Con lo cual, morimos más tarde - gracias fundamentalmente al esfuerzo impagable de la mayoría de los trabajadores de la Sanidad Pública - pero a un precio indigno, por culpa de unos poderes públicos para quienes "no se puede gastar lo que no se tiene", como si los ingresos del Estado fueran un mandato divino que no se pudiera revisar ni redistribuir de otro modo.

Mierda, no de país, sino de hijosdeputa vendidos al dinero.

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