(Repasando el blog antiguo creo que esta pequeña crónica también merece estar aquí. A mí me gusta, cosa rara cuando releo algo mío, aunque no he podido evitar algunas correcciones...)
Un verano sin ir a la aldea, y entonces volví con diecisiete años para darme cuenta de que ni la siembra, ni la siega, ni la majada. Ni el río. Ni él. Adiós a la inocencia, la libertad absoluta, comer sin hora, ver cómo bajaba el atardecer por el monte y salía la luna por detrás de la tapia del cementerio. Nunca más el picor de las ortigas, ni buscar fresas salvajes en el prado y caracoles entre las piedras de las lindes, y el pescar truchas a mano, subir a lo más alto del cerezo o esconderme a leer en el cuarto de la ropa limpia.
Nunca más se abriría una genciana ante mis ojos ni escucharía cantar a la curuja.
Estuve sólo dos semanas, mala señal: eran mis primeras vacaciones de asalariada. Aún no había agua corriente, y las campanas de la iglesia llamaban a misa como siempre: primera, segunda, tercera. Alcancé a ir a la romería del Carmen.
Él también fue.
Todos sabían, desde el verano de mis trece, con quién bailaba yo. Mi primo decía que ese moreno era gitano, pero creo que se burlaba de mí, aunque tanto hubiera dado. Vivía en la Villa, y su padre iba a la mina. Tenía los ojos más acuosos y más envolventes que he visto en mi vida; a veces hablaba, pero sobre todo me miraba. Y sonreía. Bailábamos sin decir palabra: todavía puedo sentir en mi espalda su mano mandona y oigo a la Orquesta Nopal. Luego, nos sentábamos y mirábamos al frente: sin la música no había excusa para tocarnos. Callábamos.
Ahora era un picador más en la mina. La boca se le había vuelto desdeñosa; el gesto, cansino; la mirada, impenetrable. Me enlazó después de un titubeo. Mi sonrisa, supongo, tenía más de pregunta que de saludo. Estuvimos bailando toda la noche.
A la vuelta se unió al grupo de nuestra aldea sólo por acompañarme. Cerca ya del puente, se paró junto a un castaño para pedirme un beso. El primero y el último. Fue un beso envolvente y acuoso como su antigua mirada. Me supo a sidra, a aliento de potro, a pena de puta vida.
Lo dejé allí donde mi perdida infancia.
Un verano sin ir a la aldea, y entonces volví con diecisiete años para darme cuenta de que ni la siembra, ni la siega, ni la majada. Ni el río. Ni él. Adiós a la inocencia, la libertad absoluta, comer sin hora, ver cómo bajaba el atardecer por el monte y salía la luna por detrás de la tapia del cementerio. Nunca más el picor de las ortigas, ni buscar fresas salvajes en el prado y caracoles entre las piedras de las lindes, y el pescar truchas a mano, subir a lo más alto del cerezo o esconderme a leer en el cuarto de la ropa limpia.
Nunca más se abriría una genciana ante mis ojos ni escucharía cantar a la curuja.
Estuve sólo dos semanas, mala señal: eran mis primeras vacaciones de asalariada. Aún no había agua corriente, y las campanas de la iglesia llamaban a misa como siempre: primera, segunda, tercera. Alcancé a ir a la romería del Carmen.
Él también fue.
Todos sabían, desde el verano de mis trece, con quién bailaba yo. Mi primo decía que ese moreno era gitano, pero creo que se burlaba de mí, aunque tanto hubiera dado. Vivía en la Villa, y su padre iba a la mina. Tenía los ojos más acuosos y más envolventes que he visto en mi vida; a veces hablaba, pero sobre todo me miraba. Y sonreía. Bailábamos sin decir palabra: todavía puedo sentir en mi espalda su mano mandona y oigo a la Orquesta Nopal. Luego, nos sentábamos y mirábamos al frente: sin la música no había excusa para tocarnos. Callábamos.
Ahora era un picador más en la mina. La boca se le había vuelto desdeñosa; el gesto, cansino; la mirada, impenetrable. Me enlazó después de un titubeo. Mi sonrisa, supongo, tenía más de pregunta que de saludo. Estuvimos bailando toda la noche.
A la vuelta se unió al grupo de nuestra aldea sólo por acompañarme. Cerca ya del puente, se paró junto a un castaño para pedirme un beso. El primero y el último. Fue un beso envolvente y acuoso como su antigua mirada. Me supo a sidra, a aliento de potro, a pena de puta vida.
Lo dejé allí donde mi perdida infancia.
17 comentarios:
Duros y tristes esos amores de la infancia muertos antes de nacer.
A pesar de todo, es una tierna y bella historia.
Tenía ganas de ser la primera alguna vez en algo.
Besos.
jop si que es una historia dura..
bessos
A mí me supo a cárcel.
Mi beso.
Una imagen de la felicidad tal cruel como es posible... Cruel, desastrada e injusta.
La mano callosa del minero tuvo que sentirse igual, pero diferente. Cierto que no era la misma mano, pero el ritmo del resto del cuerpo que la acompañaba al bailar tal vez era identico.
Pendiente de ti, y mañana contesto tus comentarios.
Tal vez haya mucho que hablar entre los dos
Me he acordado de los chicos de mi barrio que se hacían hombres de repente, de un día para otro, mientras una seguía siendo una chiquilla. La pena es que se hacían hombres como sus padres, como sus abuelos, como todos los demás. Y las chiquillas queríamos algo diferente.
Cuando se deja la infancia... la juventud... se dejan muchas cosas. Otras se pierden, y otras se ganan. Ganamos el deseo de recuperar pequeñas porciones enlatadas de recuerdos que nos proporcionan un sabor agridulce.
Suena a tiempos felices, a nostalgia, y paradójicamente a tristeza.
Es curioso que, aquellos primeros amores, casi siempre imposibles, quedan como idolatrados, los colocamos en ese lugar y no caemos en la cuenta de que, seguramente, si hubiéramos dado el paso de llevarlos a cabo, no habrían llegado a ninguna parte. Pero el sueño resulta tan agradable...
¿Mineros....sidra?
Me tienes intrigado.
y...¿Porqué traición?...lo que cuentas es tan normal como la vida misma, sobre todo en la adolescencia, donde todo parece mas importante, de lo que en realidad verías en edad adulta....
Los primeros besos (con sabor a sidra)....jajaja....que guapo.
Los primeros amores (aunque no supiera ni hablar).....jajajaja....inolvidable
Tienes razón....la ruta del Cares...acojona mas que el Cabo Peñas.....pero con atractivos distintos.....Asturias tiene todo...Mar y Montaña....se puede escojer....jajaja
Besos salados como el mar.
Un mago escribió sobre eso. Es decir sobre ese texto. Era algo de una mujer que no acababa de encontrar su pueblo.
En fin, nos hacemos mayores
dichosos se feliz
pd. por cierto por fin me ha salido una palabra de verificación que significa algo
sdiosrun
ese dios corre
es mentira, pero está bien
donde lei hace poco o escuche o vi hacé poco la historia de un loco que le había dado a unos pobres diablos unos dados con letras en cada cara para que los tirasen eternamente (la historia interminable, coño) porque consideraba que aunque las primeras combinaciones fuesen un galimatías llegaría el momento en el que se formase una palabra y tiempo despúes una frase, y mucho tiempo después, una historia fascinante
gran libro, el que no se acaba
ya me voy
Me ha gustado el texto, esas palabras típicas de campo me encantan. Los amores de la adolescencia siempre son diferentes, uno no está aún tan "maleao".
con qué nostalgia se recuerdan las cosas de infancia...
Me ha gustado mucho, he podido ver su mirada acuosa y sentir su mano ruda.
Un beso
Aunque sea tenes el recuerdo de tu pequeño amor de la infancia.. Lastima que haya terminado mal..
besos..
No sé por qué me pega que no eres muy amiga de los Memes, igual me equivoco, pero tenía que elegir a seis personas y pensé en ti, así a traición.
Besos
Si te comportas como un crio y no esperas la respuesta de un adulto, vives un momento igual.
al final uno no sabe si eso era inocencia o inteligencia emocional
Qué bonito Benjui, no creo que pueda añadir mucho más.
No recuerdo haberlo leído en el otro blog, aunque quizás sí. Aún así has hecho bien en rescatarlo.
Un beso, tú. Y no me olvido de la promesa que te hice, es sólo que no tengo tiempo para nada...
La vida diverge!
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