Pero esa noche, en el paréntesis que abro cuando apago la luz y se cierra por su cuenta cuando me duermo, en lugar de pensar en cosas estupendas - que el miércoles viene mi hijo, por ejemplo - aún estaba impresionada con el puñetero bicho.
Vale que estaba un poco fumada (porque lo prefiero al orfidal contra el insomnio consecuente a la siesta dominguera), el caso es que fue cerrar los ojos y empezar a sospechar que quizá había cometido un error de juicio.
¿Estaría enferma? No lo parecía, porque bien que agitaba las alas y se desplazaba por el aire de mi casa, incluso con un estilo impecable, diría yo. No iban por ahí los tiros.
El recuerdo de la mirada desvalida que lanzaba a su alrededor mientras se balanceaba sobre las cuerdas del tendedero fue lo que me dio la (verdadera, creo) clave de su extravagante conducta:
Tenía miedo al vuelo alto.
Como yo.
lunes 22 de junio de 2009
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3 comentarios:
… con la mirada en el Humo…
Pero al igual que Jonathan Livinsgton Seagull, hay que volar alto para saber lo que es la libertad. El precio: dura puede ser la caída... pero debe ser pagado. Merece la pena.
Vuela!!!
... besos
CR & LMA
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Vaya, qué anuncio...
Nos tienes mirando pa'rriba.
Mi agapornis está, en cambio, deseando fugarse de casa.
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