lunes 22 de junio de 2009

PUNTUALIZACIÓN

Pero esa noche, en el paréntesis que abro cuando apago la luz y se cierra por su cuenta cuando me duermo, en lugar de pensar en cosas estupendas - que el miércoles viene mi hijo, por ejemplo - aún estaba impresionada con el puñetero bicho.

Vale que estaba un poco fumada (porque lo prefiero al orfidal contra el insomnio consecuente a la siesta dominguera), el caso es que fue cerrar los ojos y empezar a sospechar que quizá había cometido un error de juicio.

¿Estaría enferma? No lo parecía, porque bien que agitaba las alas y se desplazaba por el aire de mi casa, incluso con un estilo impecable, diría yo. No iban por ahí los tiros.

El recuerdo de la mirada desvalida que lanzaba a su alrededor mientras se balanceaba sobre las cuerdas del tendedero fue lo que me dio la (verdadera, creo) clave de su extravagante conducta:

Tenía miedo al vuelo alto.

Como yo.

3 comentarios:

Ñoco Le Bolo dijo...

… con la mirada en el Humo…

Pero al igual que Jonathan Livinsgton Seagull, hay que volar alto para saber lo que es la libertad. El precio: dura puede ser la caída... pero debe ser pagado. Merece la pena.
Vuela!!!

... besos

CR & LMA
____________________________

Eleuterio Gálvez, el cónsul temerario dijo...

Vaya, qué anuncio...
Nos tienes mirando pa'rriba.

Marvel Girl dijo...

Mi agapornis está, en cambio, deseando fugarse de casa.