No tengo ganas de escribir, pero al mismo tiempo me apetece dar señales de vida.
Estoy en casa, con dolor de barriga y diarrea (sí, ¿qué pasa?, soy humana) producto, creo yo, del hartazgo de cerezas de estos días. Y del calor.
En una semana me marcho a Varsovia. Me aterra no estar en perfectas condiciones durante el viaje: las digestiones, el dolor de espalda, el cansancio... Ansiedad anticipatoria, que le llaman: dejé mi penúltimo destino porque no tenía más remedio que ir a América Latina cuatro o cinco veces al año, y no soportaba los preparativos. Neurótica que es una.
Es la historia de mi vida: he dejado de hacer montones de cosas por puro miedo y, sin embargo, cuando hago recapitulación y comparo, me doy cuenta de que he llegado mucho más lejos de lo previsible, dada mi extracción social, mi debilidad física, mi sexo, mi inseguridad, mi ideología...
No es que haya coronado ningún ocho mil pero, mira: nadie hubiera dado dos duros por mí a los catorce años y al menos he sobrevivido sin haber doblado el espinazo.
Quien no se consuela es porque no quiere...
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1 comentario:
Te entiendo, y, como te digo, te envidio. Varsovia debe ser preciosa.
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