Tenía sed: traigo dos tazas de té frío. Estás desnudo, recostado contra la almohada doblada; tu polla parece algo mohina, presumo que por mi ausencia.
Me siento entre tus piernas, discurriendo el modo de despertar a esa mimada. Sabes que algo maquino cuando, en lugar de dejar la ramita de hierbabuena que estoy chupeteando, abandono la taza en la mesilla de noche y abro tus muslos para instalarme arrodillada entre ellos.
Como si mi mano actuara por su cuenta, comienza a dar pequeñas pasadas vegetales por la indolente, humedeciéndola con la mezcla de té y saliva. Hay un rastro de liturgia en el mutismo que se hace con nosotros cuando el glande comienza a asomar, pidiendo que la caricia llegue hasta él, y en esa punta rosada me entretengo dibujando espirales, festoneando el contorno, coronando la hendidura: toda mi sexualidad bailando en la punta de tu pene.
Tu rostro se transforma por el placer: eres tú, pero con la mirada vuelta hacia dentro, y sólo una débil sonrisa entregada me demuestra cuánto te gusta el juego que me traigo. Parece como si el tiempo no transcurriera porque el silencio atrapa cualquier movimiento de tu cabeza, el juego de mi muñeca, la luz escurridiza del atardecer y nuestra propia respiración en este momento único. No hay nada antes ni después.
Vuelvo a meter la menta en mi boca: la mezcla de perfumes me produce una flojera dulce, picante, ácida y un poquito acre, y me arrastro por tu pecho para besarte en los labios.
Me siento entre tus piernas, discurriendo el modo de despertar a esa mimada. Sabes que algo maquino cuando, en lugar de dejar la ramita de hierbabuena que estoy chupeteando, abandono la taza en la mesilla de noche y abro tus muslos para instalarme arrodillada entre ellos.
Como si mi mano actuara por su cuenta, comienza a dar pequeñas pasadas vegetales por la indolente, humedeciéndola con la mezcla de té y saliva. Hay un rastro de liturgia en el mutismo que se hace con nosotros cuando el glande comienza a asomar, pidiendo que la caricia llegue hasta él, y en esa punta rosada me entretengo dibujando espirales, festoneando el contorno, coronando la hendidura: toda mi sexualidad bailando en la punta de tu pene.
Tu rostro se transforma por el placer: eres tú, pero con la mirada vuelta hacia dentro, y sólo una débil sonrisa entregada me demuestra cuánto te gusta el juego que me traigo. Parece como si el tiempo no transcurriera porque el silencio atrapa cualquier movimiento de tu cabeza, el juego de mi muñeca, la luz escurridiza del atardecer y nuestra propia respiración en este momento único. No hay nada antes ni después.
Vuelvo a meter la menta en mi boca: la mezcla de perfumes me produce una flojera dulce, picante, ácida y un poquito acre, y me arrastro por tu pecho para besarte en los labios.
8 comentarios:
Jaja me dejaria con gusto en tus manos pero no olvides:
en la punta rosada,
el cuello de la cabeza rosada,
allí están todos nervios sensibles,
allí en la parte baja,
allí es o era el hymen masculino,
allí encuentras el punto G masculino,
allí tienes que acariciar con tu punta de la lengua,
¡pruebalo humo!
el se sorprenderá...
besos humeantes
Dulce menta de deseo.
...uhmmmm....que buena pinta tiene lo que cuentas...encantada de conocer tu casa.
un saludo
Cierto, había té.
Un buen elogio a este artículo sería decir que hay que leerlo en dos partes. Al final del segundo párrafo ya es necesaria una pausa ¿relajadora?
Que facilidad tienes para convertir lo extaordinario en algo normal...
o lo normal en algo extraordinario.
La bebida... a gusto del consumidor.
.../...
Muchas gracias por tus elogiosos comentarios sobre mi/mis blogs, aunque citar a García Márquez es demasiado para mi modesto escrito. Pero gracias, de verdad.
También podrías utilizar un bastoncillo de los oídos bien impregnado de aceite o de suave crema nivea
Nada de ojaldres, bandejas de plata ni conversaciones insulsas alrededor de la mesita modernista.
Una velada de té ciertamente sui géneris y desde luego más divertida que la mayoría.
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