Me he despertado con dolor de cabeza (anoche di tres caladas a un canuto para vencer el insomnio) y durante unos minutos estuve considerando la posibilidad de no ir a trabajar, pero me sobrepuse. He salido a desayunar con los de siempre y hemos hablado del terror que nos causa la más que posible victoria del PP. He elaborado un informe sobre las subvenciones que cierta Comunidad Autónoma le otorga a los colegios concertados. He venido en taxi hasta la puerta del supermercado que está junto a mi casa. He comido dos chuletas de cordero y un poco de champiñón con jamón. Me he acostado la siesta. Me ha despertado una llamada por teléfono de mi amigo El Gay de Derechas y he estado hablando casi media hora con él. He llamado a mi amiga La Doliente y hemos convenido en que no teníamos humor para salir a dar una vuelta, a pesar de la tarde tan maravillosa que hacía. He puesto una lavadora y el lavavajillas. He hablado diez minutos con mi Hermana Mayor (parece ser que lo de la rodilla es un quiste no sé qué, según la ecografía: el traumatólogo dirá). Me he hecho un descafeinado con leche sin lactosa y me he sentado a leer junto al balcón abierto: qué paz.
Ya son las nueve.
Ahora llamaré a mi hijo por Skype para decidir si, visto lo visto, reservamos en un hotel sin habitaciones para fumadores.
La previsión es: cena ligera, peli en la tele o lectura en la cama.
(Estoy triste, pero no deprimida, que conste: una tiene derecho a manejar - y disfrutar, incluso - sus conflictos como le venga en gana).
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1 comentario:
Narras muy bien, y lo que nos cuentas de la vejez y demás dolencias es excelente; te leo sin pausa. Saludos.
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