Si antes creía que era completamente anárquica en mis lecturas, desde que he decidido dejar de comprar libros (hace dos meses, cuando fije en noviembre mi fecha de jubilación y empecé a pensar en que debía ahorrar para la vejez) y sólo leo lo que me prestan, estoy descubriendo que el verdadero caos ha comenzado ahora: paso de Dennis Lehane a Sándor Marai y de Marina Tsvietáieva a Dulce Chacón sin despeinarme.
Qué cosas: en mis tiempos de compradora me dejaba guiar por alguna crítica que me llamaba especialmente la atención o por gustos arraigados y a veces más que dudosos; con todo, he dejado innumerables libros a las treinta páginas, entre otros algunos cuyos autores me callo para no escandalizaros. Desde que leo gratis, en cambio, me curo mucho más en salud: pregunto, leo la contraportada, escucho con escepticismo el criterio de quien me recomiende cualquier libro que saque de su estantería cuando me escucha decir que no tengo nada que leer... Lectora exigente que es una.
Ayer empecé una novela de un tal Hanif Kureishi, inglés de origen pakistaní de cuya existencia no tenía la menor idea hasta dos horas antes, cuando mi amiga La Dulce me dijo que ella todavía no lo había leído pero que tenía varios por delante. Lo metí sin mirar - era tarde y ambas ya teníamos prisa por distintos motivos - en la bolsa ecológica donde había llevado los que le devolvía, y ya voy por la página 53.
Lo encuentro hilarante.
A veces hay que darle una oportunidad al azar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
A mí me gusta mucho Kureishi. Tengo alguna entradita sobre él. Y también me gusta ese nuevo estilo lector.
Publicar un comentario