jueves, 7 de julio de 2011

Son las once de la noche; mi hijo está trabajando en un ordenador y yo trasteando en este otro, un portátil de nueve años de antigüedad.

Anoche nos acostamos a las tantas hablando, sobre todo, de política: me enternece que estemos de acuerdo en tantas cosas.

Hoy nos hemos levantado tarde, claro, y mientras él terminaba unos asuntos profesionales yo he fregado los cacharros, he leído un poco, he vagueado... Luego nos hemos ido a la parte vieja, que está de su casa como a una media hora andando, para comer unos pierogi al horno, una especie de empanadillas rellenas con toda suerte de verduritas y carne; él se ha pedido una cerveza, el muy canalla, pero me permitió robarle algún sorbito (no debo). Total: casi tres horas entre comida y café en una terraza ya que la tarde estaba templada.

Aquí los gorriones son descarados, incluidos los polluelos que apenas saben volar y tienen las plumas tiernas. Mucha gente va en bicicleta. Nadie grita. Hay músicos callejeros con toda clase de instrumentos: hasta un pianista - con su herramienta de trabajo, claro, ¿cómo si no iba a saber que se trataba de un pianista? - en mitad de la plaza del Castillo, a quien hemos pillado en un momento de descanso, desafortunadamente.

Los centros comerciales tampoco en Varsovia tienen alma.

Hay unos tranvías preciosos, pero no hemos subido a ninguno porque él tiene la sana costumbre de ir a pie o en bici a todas partes mientras el tiempo lo permita y su madre no ponga reparos. Su madre no pone reparos, encantada de seguirle la corriente, aunque ahora está desfondada y ruega a los dioses que este chico acabe pronto y nos podamos poner a cenar. Tengo más sueño que hambre, así que empiezo a impacientarme.

Le pregunto:

- ¿Cuánto te falta?

Contesta:

- Ya poco, ya poco

Ruego:

- Cuantifica...

Machaca:

- No

Insisto:

- ¿Una hora, dos, tres?

Ataja:

- Menos, menos

Tiro la toalla y sigo escribiendo.

(Está diseñando un logo).

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