Un consejo para quienes vivís en la UE y pensáis desplazaros a otro país del espacio Schengen: llevaos el pasaporte, y no sólo la tarjeta de identidad, por si os encontráis con un burócrata inútil.
Os cuento:
Esta mañana íbamos tan tranquilos por la calle y una rejilla que sobresalía del pavimento se interpuso en mi camino. No fue una caída: fue un salto de longitud de dos metros con un mal aterrizaje. codo izquierdo, ay; hombro izquierdo, ay, ay; rodilla derecha, ayayayayay. Yo sentadita en la acera, mi hijo en cuclillas a mi lado con la misma cara que cuando hace casi veinte años me fracturé un tobillo bajando del coche.
- No, no me he roto nada. Creo.
En ese momento, se acerca un señor con cara de pakistaní, que nos pregunta si necesitamos ayuda, y que cuando respondemos amablemente que no, gracias, se presenta como médico. Eso es otra cosa.
Me palpa la rodilla, y muy circunspecto recomienda que vayamos a un hospital. Gracias una vez más, pero cuando se va le digo a mi hijo que no antes de comer (son las dos y media, y no creo que las urgencias polacas sean más eficientes que las españolas). Vamos, pues, hacia donde teníamos pensado, aprovechando que el golpe está aún caliente y no me duele demasiado al andar.
En el restaurante me da un fluss (lo reconozco, aunque no sé su nombre técnico: sudoración excesiva, sensación de mareo, ganas de vomitar), y pasamos de la terraza al interior para poderme tumbar en uno de los bancos corridos que había entrevisto al llegar. Nos pasan la comida al interior. Me pongo peor. Vomito - afortunadamente sólo el agua que había bebido dos minutos antes - y compruebo aliviada que en el saloncito no había más comensales. La maitre aconseja llamar a urgencias para que me vengan a recoger en una ambulancia. Mi hijo, al menos, ya ha comido.
Viene un SAMUR polaco con tres chavales deliciosos. Me toman la tensión, el pulso, me palpan la rodilla, me la vendan por encima del pantalón, y al hospital.
Alli presento la tarjeta sanitaria europea y el carnet de identidad. Miran el carnet, me lo devuelven y piden EL PASAPORTE con cara de circunstancias, porque, explican, de lo contrario tendré que pagar el servicio.
Mira por donde, también me lo había traído, a pesar de los pesares, aunque me lo había dejado en casa. Mi hijo sale disparado en mitad de una tormenta y con los servicios de radiotaxi bloqueados. Me quedo en un vestíbulo desierto sentada en una silla de ruedas y meditando sobre mi inmediato futuro.
No os canso: el pasaporte inició la mecánica típica de los hospitales.
Nada de fractura, nada de esguince: sólo el golpe, que me dolerá más o menos durante un mes; aconsejaban escayola pero les explicamos que mañana viajamos en avión y prescribieron una rodillera estabilizadora que hoy ya no podíamos agenciarnos (no tenían allí y la tienda de ortopedia ya había cerrado).
Duele, me cuesta andar... A Malmö vamos, no desde luego a Copenhague y Estocolmo queda en el aire, porque mi hijo tiene el carnet de conducir caducado en 2009 y la opción de pasear en coche no es factible.
En los USA me hubiera quedado al menos el consuelo de demandar al Ayuntamiento...
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